Mazarrón

Querido lector, a estas alturas ya habrás notado que me identifico usando solamente el primer apellido, Raja. No es que desprecie mi rama materna, de apellido Baño, sino que me acostumbré a firmar los artículos de Matemáticas como “Matías Raja” porque los extranjeros no entienden demasiado bien los usos españoles ni la letra eñe. Firmar con los dos apellidos es arriesgarme a que me llamen Sr. Bano, o sea, señor inexistente o superficial (véase la RAE para entender la chanza). Por otra parte, “Matías Raja” es una combinación poco frecuente, y no hay peligro de confusión con el único tocayo que Google es capaz de encontrarme. Va siendo el momento de explicar qué tiene todo esto que ver con el título del post… realmente, no mucho. Solamente que el apellido Raja es relativamente frecuente en Mazarrón, el pueblo donde nació mi padre.

Paisaje de las minas de Mazarrón, en total abandono. Destaca el castillete de madera.

Mazarrón es una palabra que a mucha gente evoca veraneo soleado, buen pescado y excelentes tomates. Pero en otros tiempos, no muy lejanos, Mazarrón era sinónimo de minería. La población fue fundada sobre los filones de plomo argentífero que atrajeron a los fenicios y contribuyeron en buena medida a la financiación del Imperio Romano. Después de muchos siglos alimentando a la industria con su riqueza en metales y alumbre, no hay un solo testigo monumental que recuerde el pasado extraordinario de esta villa. Peor aún, la codicia permitió la demolición parcial del Castillo de los Vélez y horadar un pozo minero dentro de lo que fue su palacio en pleno siglo XX.

Esquema del filón «Prodigio» de Mazarrón (F) en el libro de A.M. Bateman «Yacimientos minerales de rendimiento económico» (Ed. Omega, 1978), un ejemplo a nivel mundial.

Paradójicamente, después tanta tropelía, los vestigios de la actividad minera han pasado a ser el mayor activo histórico de Mazarrón. Y, como no, este patrimonio arqueológico-industrial ahora se encuentra amenazado por la desidia y la ruina, por las gentes incívicas que arrojan escombros y basura en los cotos mineros, por los buscadores de chatarra que vandalizan maquinaria y castilletes y, finalmente, por los “técnicos” que, sin la más remota idea de lo que tienen entre manos, crean problemas donde no los había.

Mis abuelos paternos: Ana Caruana Lardín y Juan Raja Méndez.

Mi abuelo Juan Raja fue minero. Mi padre llegó a trabajar también en las minas, con unos papeles que le acreditaban una edad mayor que la que tenía. Es un consuelo pensar que la necesidad de falsificar documentos para encubrir el trabajo infantil distingue un estado de derecho del tercer mundo ¿no? Mi abuela Ana Caruana debe su raro apellido a un antepasado que llegó a Mazarrón huyendo de Malta por unas deudas de juego. Incidentalmente, esto me hace “pariente lejano” de un exgobernador del Banco de España y de un ex-Chief Minister de Gibraltar. No viendo mucho futuro en las minas, Juan y Ana con sus tres hijos dejan Mazarrón y se instalan cerca del Cañarico. Allí, mi abuelo se dedicaría a hacer pozos, esta vez de agua, el tiempo de vida que le dejó la silicosis.

Uno de los libros de Mariano C. Guillén dedicado al pasado minero de Mazarrón.

Aunque siempre he mantenido el contacto con Mazarrón por cuestiones familiares, gracias a Tere, ahora estoy más involucrado con el pueblo minero al que debo mi apellido Raja. Por eso quiero agradecer aquí la labor de las dos personas que más han hecho, y siguen haciendo, por la conservación de la memoria de Mazarrón. En primer lugar, Mariano C. Guillén Riquelme, óptico, mineralogista, historiador y mazarronero de adopción. Con sus bien documentados libros y búsqueda incansable de fotos antiguas, ha rescatado del olvido una buena parte de la historia de Mazarrón, particularmente, el siglo de esplendor minero. Y en segundo lugar, que no detrás, Antonio Paredes Navarro, carpintero jubilado, hombre de curiosidad insaciable por el pasado, que ha sido capaz de montar un museo extraordinario con objetos que, de no ser por él, hubieran acabado en una hoguera o en la chatarra.

En el Museo, con Antonio Paredes y Pedro Martínez.

Conocí a Antonio Paredes a través de mi amigo Pedro Martínez Pagán, que me concertó una visita a su museo en agosto de 2020 (en estos tiempos de Covid, las visitas son con cita previa). El Museo Antonio Paredes dedica una gran parte de su superficie a la minería. Sin embargo, eché en falta una mayor representación de los minerales explotados, ya que sólo había piedra de alumbre y una pieza de galena muy sobada. Antonio reconoció que él no era experto en ese tema y me comprometí a ayudarlo. Durante el verano de 2020, con sede en Bolnuevo, me dediqué a recolectar los ejemplares de minerales que le entregué en septiembre de ese mismo año. Aquí podéis ver la memoria que describe las piezas donadas al Museo Antonio Paredes.

Minerales de Mazarrón donados al Museo Antonio Paredes, en el momento de llevarlos…
… y ahora formando parte de la exposición (foto por cortesía de L. Arrufat).

Hay muchas más cosas sobre Mazarrón, sobre todo en cuestión de minerales y arqueología, de las que hablaré en futuros posts. Éste está dedicado a mi padre, José Raja Caruana, que me llevó muchas veces a las terreras de San Cristóbal a buscar minerales.

Acabo con una petición: si tenéis 40 minutos e interés en Mazarrón, por favor, dedicadlos a ver este vídeo de Juan Sánchez Calventus, defensor del paisaje cultural minero. Ojo, hay traca final. ¡Gracias!

Rincón de Bolnuevo – Puntabela, otro motivo para visitar Mazarrón.

5 opiniones en “Mazarrón”

  1. Estimado Matías, me llamo Juan Antonio Pérez Meca, de Elche.
    Compartimos aficiones comunes y hace tiempo que intento contactar directamente sin lograrlo para hablar de minerales.
    Un cordial saludo.

    1. Hola Juan Antonio.
      Encantado de conocerte, aunque de momento sea telemáticamente. Me he permitido editar tu comentario por si los datos de contacto son demasiado detallados para publicarlos, espero que no te moleste. En cualquier caso, yo ya los tengo, así que te escribiré en breve.
      Saludos cordiales

  2. Sí, que razón tienes, con el patrimonio minero que tenemos en la Región y lo «abandonaico» que está, la falta de medidas de protección efectivas desde la administración regional y los dos ayuntamientos es evidente y sangrante, no es suficiente con declarar un BIC, se tiene que invertir en mantenerlo, divulgarlo, hacerlo visitarle, es decir mantener la memoria viva y no dejarlo al libre albedrío de quien lo quiera espoliar.

    1. Hola Paqui. No sé si has podido ver el vídeo de Sánchez Calventus hasta el final, donde plantea la hipótesis de que no sólo dejación en el mantenimiento del patrimonio por parte de las autoridades, sino que también éstas pueden tener un papel activo en su destrucción. Ahí lo dejo…

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *