Interrail

Tenía la mitad de años que ahora y estaba a punto de perder los beneficios del carnet joven. También quería hacer mi versión mochilera del Grand Tour aprovechando las vacaciones de verano. Deseaba conocer los países al otro lado del recién caído telón de acero. Me fui solo porque sabía que si tenía que ponerme de acuerdo con alguien nunca lo haría: dar una vuelta a Europa con el Interrail.

Introducción: el tren en España

Hasta los años 90 era muy habitual que las casas de nueva construcción en Murcia (aunque debe ser extensible a otros muchos sitios) tuvieran un salón presidido por un gran mueble aparador adornado con vasos improbables para cubata forrados de piel repujada, o de whisky de grueso vidrio de colores con burbujas. Una mesa grande lacada llena de portarretratos, con la foto de la boda, la de la jura de bandera y recuerdos de bautizos o primeras comuniones. El salón se enseñaba con orgullo a las visitas, cuando las había, y el resto del tiempo permanecía cerrado en penumbra, mientras la vida se hacía en otra parte de la casa. Así es el tren de largo recorrido en España, el salón inútil de una casa murciana, gracias a la gestión política de las últimas décadas.

Billete de Alicante a Zaragoza del año 1980, tren nocturno.

La metáfora es extravagante, pero resume de manera acertada mis impresiones ante el desmantelamiento de una forma de viajar que siempre me ha gustado. Por ejemplo, en el nombre de la modernidad desaparecieron los trenes nocturnos en España, mientras que, curiosamente, en la «anticuada» Europa los siguen usando. Antes, cuando tenía que ir a Madrid para un solo día, tomaba el tren correo a medianoche en la Estación del Carmen, llegaba a Atocha antes del amanecer y después de un chocolate con porras en El Brillante tenía todo el día por delante. Ahora, en el mejor de los casos, tras un madrugón llegas a Madrid después de las 10:00 AM, en plena pausa para almuerzo de los funcionarios. Eso sí, lo haces en un tren súper-moderno. Tengo otras muchas quejas que podré ampliar en los comentarios, pero no quiero desviarme mucho del tema del post: el interrail.

Los Grandes Expresos Europeos y la Compagnie Internationale des Wagons Lits. Eso sí que es viajar en tren…

De niño soñaba con viajar en tren por todo el mundo o mejor dicho, viajar en los trenes de todo el mundo. Seguramente, mis ideas románticas se nutrían tanto de los viajes en tren con mis padres como del cine. Sin ir más lejos, una de mis películas favoritas es El Expreso de Chicago (Silver Streak en su versión original). Cuando me enteré de que «por ser joven» tenía derecho comprar un billete de tren que me permitiría viajar por toda Europa (o una gran parte de ella) comencé a preparar la ruta. Mi idea inicial consistía en hacer un recorrido zigzagueante de norte a sur por países del este de Europa. Finalmente adquirí el billete cubriendo únicamente esa zona para que no fuera tan caro.

En camión hasta Hamburgo

Como el comienzo de mi viaje estaba lejos de la zona de validez de mi billete interrail necesitaba una alternativa al tren para llegar, que se presentó en forma de camión TIR. Desde Murcia se exportan productos agrícolas a toda Europa, así que a través de familia y conocidos me encontraron un chófer dispuesto a llevarme. Salimos de Archena con un frigo medio cargado de limones y paramos en un almacén de Valencia a cargar el resto del espacio disponible con cebollas. Esa noche cenamos en un buffet de Cambrils unos platos combinados fabulosos y dormí por primera vez en la litera que tienen las cabinas de estos camiones que cruzan el continente.

Camión similar al que me llevó, de la misma compañía transportista.

El segundo día lo empleamos cruzando Francia y el tercero por Alemania. El camión se dirigía a Suecia (para ello tomaría un ferry), así que lo que mejor me venía era quedarme en Hamburgo. Realmente, me quedé en una estación de servicio de la autobahn. Nos despedimos y durante el par de horas que pasé agarrando un cartón que tenía escrito Hamburg recordaba las anécdotas de esos tres días que pasé entre los «señores de la carretera». Al final nadie paró y como se hacía de noche decidí caminar. Al cabo de un rato me encontraba cruzando un barrio turco y en la oscuridad de la noche llegué a la estación central de Hamburgo. La mezcla de modernidad y suciedad en esa atmósfera oscura me hacía pensar en Blade Runner. Caminando por el andén encontré un banco libre y me eché a dormir.

Hacia el este

A la mañana siguiente tomé un tren a Berlín (todavía no había llegado a la zona de validez de mi billete interrail). Paseé por la ciudad admirando la liberalidad con la que los jóvenes toman el sol en los parques. Me dije que si volvía por allí algún otro verano haría lo mismo que ellos, pero no he vuelto tantas veces por Alemania y menos en verano. La huella del muro que dividió la ciudad, el país y la vida era todavía bastante apreciable. Cada sitio tiene su canción y aquí hay que escuchar el Heroes de David Bowie. Por otra parte, la contemplación de la Alexanderplatz cantada por Franco Battiato resultó decepcionante.

Cuaderno que compré en Varsovia para escribir el diario del viaje.

Tomé un tren a Frankfurt Oder (no confundir con el Frankfurt de las salchichas) y después de merendarme lo último comestible que me quedaba de España crucé la frontera a Polonia. Un tren que iba bastante lleno me dejó por la noche en Varsovia. Los alrededores de la estación no son lo más bonito de la capital polaca, que he tenido la oportunidad de visitar después en más ocasiones. Desde allí destaca el Pałac Kultury i Nauki (Palacio de la Cultura y la Ciencia), regalo de Stalin a la ciudad hecho a imagen y semejanza de la Universidad Lomonosov de Moscú. En la estación compré un cuaderno infantil en que empecé a escribir el relato del viaje.

Postal de Cracovia. Como no tenía cámara, compraba postales para recordar los sitios.

Estaba cansado y nada me invitaba a quedarme en Varsovia. Se me ocurrió que si tomaba un tren nocturno a cualquier parte podría dormir, que para eso tenía el interrail. La idea la puse en práctica en ese viaje y otros que he hecho posteriormente, siempre con éxito discutible. Paró un tren con destino a Cracovia que debía de ser ideal para mis propósitos, pero iba atestado de gente. Subí con mucha dificultad y pasé las varias horas del viaje en el pasillo en cuclillas, inmóvil y apretado entre la gente. Por la mañana estaba en Cracovia, que parecía un lugar mucho más agradable que Varsovia. En la oficina de información turística me buscaron una habitación de alquiler en una casa familiar donde, por fin, dejé mis cosas y pude pasear por la ciudad sin la pesada mochila.

Dando tumbos por Centroeuropa

Nunca llegué a dormir en Cracovia (ni siquiera la segunda vez que fui). Durante mi paseo me enteré de los horarios de los trenes a Praga y todos eran nocturnos. Si me quedaba en Cracovia perdería un día de viaje. Así que reservé una litera en el tren de medianoche. Hay que decir que el interrail sólo cubre el viaje más económico, de manera que si uno usa litera o viaja en un tren directo debe pagar un suplemento. Ya en el tren, conversé un poco en inglés con mis compañeros de dormitorio rodante antes de dormir.

Postal de Praga mostrando la Plaza Vieja.

Me recuerdo llegando a la plaza vieja de Praga (Staromestské námestí) poco después del amanecer y viendo por primera vez el que es, sin duda, uno de los lugares más bellos de Europa. Quería que esa sensación durara siempre y, en cierto modo, mi deseo fue concedido: Praga es la capital Europea que más veces he visitado, excepto Madrid y seguida muy de lejos por París. Un rato después, una marabunta de turistas se repartía por todos los lugares de la ciudad.

Postal de Bratislava… sigo sin cámara.

Por la noche, otro tren nocturno hacia Viena. Esta vez tratando de dormir sentado junto a los malolientes retretes del extremo del vagón y maldiciendo a los japoneses que olvidaban cerrar la puerta cada vez que lo usaban. Paseando por Viena descubrí que los precios de la capital austriaca estaban fuera mi presupuesto, así que por la tarde llegué a Bratislava, lugar mucho más económico, donde dormí por primera vez en una cama de verdad después de una semana de viaje. A la tarde del día siguiente estaba en Budapest y allí cené en una pizzería con un grupo de españoles que conocí casualmente.

La guía de viaje que usé durante mi vuelta a Europa.

Cárpatos y vampiros

El tren que salía de medianoche de Budapest llegó a la frontera con Rumanía en algún momento de la mañana siguiente. Militares paseaban perros por todas partes buscando no se qué. Un suspicaz agente de aduanas, mirándome a los ojos, levantaba los cojines del compartimento donde pensaba que ocultaba algo. Tras el registro me informa del precio de la visa que pago en alguna divisa que no recuerdo. Me pregunta que si no me importa que me devuelva el cambio en deutsche marks, a lo que respondo afirmativamente. El hombre me dio como medio kilo de monedas de un marco que tardé años en poder cambiar.

Tarjeta de un alojamiento en Brasov.

A medida que el tren se adentraba en Rumanía, iba llenándose de gente. Los que compartían conmigo el compartimento tenían interés en saber qué motivos habían llevado a un español hasta allí (recordemos que estamos a mediados de los 90) y chapurreando francés tuvimos una conversación entretenida. Gracias a la simpatía mutua, mis compañeros de compartimento me defendieron ante el abuso del revisor que quería cobrarme al margen del interrail. Así, llegué ya al caer la tarde a Brasov. No tenía moneda local y el consejo que me dio la gente fue: habla con la policía. Le pregunté a un policía dónde cambiar moneda y en correctísimo inglés me dijo lo mismo que dicen los cambistas en todo el mundo: ¿cuánto quieres cambiar? El policía me cambió dinero, me proporcionó la tarjeta del hotel de un amigo suyo y hasta me buscó un taxi.

Postal del castillo de Vlad Tepes, en el que se inspira el mito de Drácula.

El marcador del táximetro mostraba un crecimiento exponencial disparatado y antes de que superara la cantidad cambiada al policía a leus me bajé. Encontré el hotel donde pasé mi segunda noche, en el viaje, en una cama. Por la mañana fui a Bran a ver el castillo de Drácula y recrearme un poco en Los Cárpatos. Curiosamente, en el castillo había un grupo de españoles con guía y pude aprovecharme de las explicaciones que les daban. Por la tarde, de vuelta en Brasov, tomé otro tren hacia el sur. No tenía muchas ganas de ver la Bucarest de Ceaucescu, así que seguí en el tren hasta la frontera búlgara.

Contubernio a la búlgara

El tramo internacional de ferrocarril entre Rumanía y Bulgaria no estaba electrificado, así que cambiaron a una locomotora diesel. Durante esos kilómetros, que incluyeron un crujiente puente de hierro, los militares iban revisando el tren y los viajeros. Unos soldados intentaban llevarse a una señora llorando por no llevar el pasaporte, pero al poco apareció alguien con un documento extraviado que resultó ser el de la señora. Los soldados la dejaron y ahora lloraba de alegría. Ya en el puesto fronterizo, el funcionario que examina mi pasaporte me dice que para entrar el Bulgaria tengo que pagar 90 dólares ¿Lo tomas o lo dejas? Me deshago del ultimo billete de Benjamin Franklin que me quedaba de Sudamérica y regreso al tren.

Recibo por 90 dólares de visa para entrar en Bulgaria.

El tren a Sofia iba casi vacío, pero en mi compartimento viajaba un matrimonio checo. Tras el breve intercambio de información convenimos apagar la luz e intentar dormir. Al poco aparecen dos vigilantes uniformados del tren revisando con linternas y me indican que les acompañe al extremo del vagón. En un inglés rudimentario me piden el pasaporte y me indican que debo pagar una multa de 100 dólares por haber puesto los pies en el asiento. Me niego y pido hablar con el revisor. Ellos se quedan mi pasaporte y dicen que regresarán después. De vuelta en el compartimento intento explicar a los checos la situación mientras transfiero unas cuantas cosas de la mochila a los bolsillos de mi gabardina pensando que lo mismo tendría que huir sin equipaje…

Al cabo de un cuarto de hora vuelven los vigilantes, que esta vez me llevan a un compartimento vacío. Se sientan enfrente y esgrimiendo unos papeles en cirílico insisten en que debo pagar la multa. Me reitero en mi negativa y en mi deseo de ver a otra autoridad. Ellos me piden que me ponga en pie y me vacíe los bolsillos. Les digo que preferiría hacerlo con la policía delante. El mayor de ellos se lleva la mano a la pistola y me dice «you traficant, empty your pockets now!» (tú traficante, vacíate los bolsillos ya).

Billetes de los países por los que fui pasando.

No hizo falta que lo pidiera dos veces: saqué lo que llevaba en los bolsillos, incluyendo una pequeña carpeta donde tenía los billetes de los distintos países por los que había pasado (para colección) y entre los que había un billete de 10.000 pesetas para emergencias. Como no vieron los 100 dólares que querían, ni algo que creyeran equivalente, me dijeron «20 deutsche mark “souvenir” and we forget» (20 marcos alemanes “de regalo” y nos olvidamos del asunto). Acepté el trato y me dejaron.

Postal del Monasterio de Rila.

Caminaba intranquilo por Sofia, con la sensación de que podía ser multado por las cosas más inverosímiles o extorsionado en cualquier momento. Pensé que sería una buena idea dormir en el Monasterio de Rila. Tomé un autobús en el que viajaba una pareja francesa con la que entablé conversación. Juntos los tres nos presentamos en la recepción del dormitorio del monasterio (una gran sala con literas). Los franceses se registran primero y llega mi turno. La señora mira mi pasaporte y me dice que no puedo quedarme. Sin salir yo de mi asombro me dice que me falta una tarjeta amarilla que debían haberme dado junto con el visado. En esa tarjeta se registra cada noche que uno pasa en el país (sellada por el hotel o comisaría más cercana). Le explico que no tengo donde quedarme, le pido que me ponga un sello en una hoja de papel con el membrete de Rila y que al día siguiente volvería a Sofia a regularizar mi situación.

Regreso al Monasterio de Rila, 22 años después y muy bien acompañado.

Pasé la tarde paseando por Rila y su montaña mientras pensaba si debería ir directamente a la embajada de España a pedir ayuda. Al día siguiente, todos los que esperábamos el autobús a Sofia pasamos como dos horas en la calle hasta que alguien dijo que el vehículo estaba averiado. La solución era ir a Blagoevgrad y desde allí a Sofia. Así hice, pero había pasado mucho tiempo y las esperanzas de poder ver a alguien en la embajada se esfumaban. El autobús me dejó cerca de la estación de tren. Me planté delante del panel indicando las salidas y con ayuda de un mapa localicé un tren que llegaba hasta una localidad fronteriza con Grecia. La otra opción era un tren a Moscú… la decisión estaba clara.

Grecia y el Mediterráneo

Dejé la estación de no recuerdo qué aldea con el sol a punto de ponerse tras las montañas. Pregunté a un señor con unas vacas si iba en la dirección correcta a Grecia y crucé la frontera caminando. Al ver el cartel confirmando que había cambiado de país casi me tiro a besar el suelo como solía hacer Juan Pablo II. Un poco más adelante había un bar y casi sin abrir la boca me dieron unos trozos de pan. Pregunté si entre los camioneros que estaban allí parados alguno me llevaría hasta una ciudad. Uno de ellos se ofreció inmediatamente y esperé a que terminara de cenar. El motivo de tanta amabilidad lo averigüé un rato más tarde cuando paró el camión en una cuneta, encendió una luz roja y se quedó mirándome. El chófer, decepcionado por no poder darle lo que él quería, volvió a arrancar el camión y me dejó en Tesalónica de madrugada.

Mapa de Europa con el que iba ubicándome durante el viaje.

Al día siguiente en el tren, una señora mayor me va explicando el paisaje en griego. Sólo acierto a entender el momento en el que se refiere al monte Olimpo. La señora me regala unos higos y un tomate. Desde Kalambaka subo caminando hacia Meteora y por el camino me voy comiendo los higos y el tomate. Puedo asegurar que nunca he vuelto a probar nada tan sabroso como aquel tomate. Visito varios monasterios y regreso a la estación. En Atenas me alojo en un hotel económico regentado por un señor amable con el que conversé lo que quedaba de la tarde de aquel día.

Librito de fotos de los Monasterios de Meteora.

Pasé el día viendo Atenas, pero no era el mejor momento para visitar la Acrópolis porque el Partenón estaba totalmente cubierto con andamios. Al día siguiente quería ver un poco el Peloponeso y viajar a Italia, pero una información incorrecta me llevó a preguntar por los barcos al Pireo, donde no gestionan los que operan en Patras. El tren iba tan despacio que podía recrearme en los detalles del canal de Corinto desde ambos lados. Cuando llego a Patras pregunto por los barcos a Italia. El operario señala al puerto donde los humeantes ferries ya habían levado anclas. Desde un parque en una colina donde afloran algunas ruinas milenarias veo los barcos perderse por el horizonte donde se pone el sol. No me moví de allí hasta el amanecer. Al día siguiente, ya no perdí el barco a Bríndisi.

Italia, sin parar

Al principio me pareció una buena idea ir en la cubierta superior para ver el paisaje y luego las estrellas. El humo lleno de carbonilla diesel me hizo bajar al poco rato. Encontré un banco donde echar el saco de dormir. La lluvia provocó la entrada de agua en mi reloj Citizen automático, que desde entonces lleva la corrosión provocada en la esfera como recuerdo de esa travesía. A la mañana siguiente en Bríndisi paso por una lavandería en la que me aseguran que mi ropa estaría seca antes de la salida del tren. No tenía que haberme fiado: rato después en el tren, buscaba la manera de repartir mi ropa empapada de agua en el compartimento en el que viajaba solo, no durante mucho tiempo. Unas paradas más tarde, una atractiva chica pregunta por la ventana (que iba abierta) si hay sitio. Le digo que sí, por supuesto. Ella hace una señal y aparece una tropa de gente que empieza a echar sus maletas por la ventana ante mi sorpresa, o decepción.

Esquema de mi recorrido (en negro). La línea que se ve abajo cruza casi toda Italia.

Eran albaneses, un poco brutos pero buena gente. Compartieron conmigo sus pollos asados y su botellas de vodka, pero tuve que recoger mi ropa mojada. Al día siguiente, en Milán cogí otro tren hacia Suiza. Por la mañana estaba en un agradable pueblecito alpino. Como hacía una mañana soleada, puse mi ropa, todavía húmeda (mayormente calcetines y gayumbos), alrededor de mi mochila y fui a una fuente pública a asearme un poco. Un rato después, avisado por uno o varios de los simpáticos habitantes, apareció un coche de la polizei con las sirenas sonando y me detuvo el tiempo necesario para comprobar que Matías Raja no estaba en busca y captura. Después de eso regresé a Milán.

El regreso

Desde Milán salí hacia Francia. Ya no tenía privilegios interrail en ninguno de los países. No pude tomar un tren directo a España, pero enlazando trenes regionales pude llegar a Cerbère, el último pueblo francés antes de la frontera. Era casi medianoche y la estación estaba llena de gente que no había podido pasar a España porque no habría más trenes hasta la mañana siguiente. Ante el panorama, pregunto a qué distancia está Portbou (España) y me dicen que apenas 7 km. Ni me lo pienso. Hice ese recorrido gustosamente caminando en la oscuridad de la carretera, de vez en cuando rota por el resplandor de algún relámpago. La estación de tren de Portbou estaba vacía, pero el bar abierto. Así pude darme un gusto antes de irme a dormir a uno de los bancos.

Mi aspecto por aquella época, con la mítica gabardina que usaba cuando iba de mochilero.

No había tenido problemas con saber qué tren tomar en ningún país hasta llegar a la estación de Sants. Afortunadamente el tren en España funciona tan mal que un regional llega antes a Tarragona que un Intercity que sale a la misma hora desde Barcelona. Aquel día por la noche estaba de vuelta en casa con mis padres. Había perdido 5 kg pero había ganado mucho más en vivencias.

Epílogo

El límite de edad para adquirir el interrail desapareció en 1998. No he vuelto a usarlo, pero siempre que he podido he tomado trenes nocturnos a cualquier parte y paseado ciudades de madrugada. He vuelto a muchos de los sitios que menciono en el post en circunstancias muy diferentes y más cómodas en general. Ya no hace falta llevar un mapa desplegable de Europa para ubicarse.

Burkina Faso

Conocida hasta 1984 como Alto Volta, esta excolonia francesa fue rebautizada con el nombre de Burkina Faso por Thomas Sankara, un líder demasiado progresista para llegar vivo a los 40 años. Desde entonces, la forma de gobierno del país es básicamente la incertidumbre dentro de una alternancia entre revolución, república y golpe de estado (el más reciente en enero de este año 2022).

Burkina Faso significa patria de los hombres íntegros en una combinación de las leguas mossi y dioula, dos de las más habladas en su territorio. Y ciertamente, lo es: difícilmente encontrará el viajero un lugar con gente más amable y hospitalaria.

Río Volta Negro, del que tomaba el nombre la excolonia francesa.

Advierto al lector que este va a ser un post largo basado en una buena cantidad de fotos que he tomado en mis dos viajes a Burkina Faso. Espero que ayuden al conocimiento de este país del África Occidental. Mes chers amis burkinabés, ce post est mon petit homage à votre pays. Je m’excuse car, évidemment, les textes sont en espagnol. J’éspere que ça ne soit pas un problème et que vous vous débrouillerez.

El comienzo

Boureima Sangaré conduciendo por las calles de Ougadougou.

Mi relación con Burkina Faso comienza de manera totalmente casual. Se dice que no hay más de seis grados de separación entre dos personas cualesquiera de este planeta. Sin embargo, de Boureima Sangaré sólo me separaban tres grados, es decir dos intermediarios: un amigo me dice que un colega suyo va a recibir la visita en Murcia de un profesor de Matemáticas de Burkina al que conoció hace muchos años cuando ambos realizaban una estancia en Bélgica como estudiantes. Eran malas fechas para recibir gente en la universidad porque su estancia coincidía con buena parte de nuestras Semana Santa y Fiestas de Primavera (Bando de la Sardina y Entierro de la Huerta). No obstante, pudo impartir un seminario sobre su tema de investigación (modelización por EDOs y numérica de trasmisión de enfermedades tropicales como la malaria).

Tras aquella primera visita de Sangaré (lo suelen llamar por su apellido) vinieron otras. Yo por mi parte, viajé a Burkina a dar un curso abreviado de Análisis Funcional, y posteriormente para formar parte de un tribunal de tesis. Actualmente hay en marcha un convenio Erasmus+ con la Universidad Nazi Boni de Bobo-Dioulasso, gracias al cual unos cuantos estudiantes burkinabeses han disfrutado (o disfrutan) de estancias en la Universidad de Murcia, siendo en la mayor parte de las ocasiones el primer contacto que tienen con Europa. Asimismo, algunos colegas de Murcia ya han viajado al país africano en el marco de este convenio.

Ouagadougou

Una de las avenidas de Ougadougou, capital de Burkina Faso.

La peculiar ortografía de la capital del país se debe, en parte, al problema que tienen los francófonos para representar nuestro sonido «u» con una sola letra, así que debe leerse «Uagadugu». Cada vez que vean una palabra transcrita con «kh», normalmente al inglés o francés, recuerden lo afortunados que somos de tener el sonido «j». Ouagadougou se encuentra en el borde del Sahel por lo que la tierra de las calles, sus afueras y la no infrecuente imagen de beduinos en dromedario evocan al cercano desierto.

Si se llega en avión a Burkina Faso, se hace a través del aeropuerto de Ougadougou. En mi primer viaje, llegué por la noche. Sangaré estaba allí esperándome para realizar los trámites de entrada en el país (no llevaba el correspondiente visado por no tener Burkina Faso consulado en España). Al poco descubro que mi maleta se ha quedado dando vueltas en la cinta de recogida de equipajes del aeropuerto de Argel… Eso me dejaba en una situación bastante precaria, así que parte del día siguiente la empleamos en hacer algunas compras.

Kit de emergencia higiénica que me proporcionó Sangaré tras el extravío de mi maleta… la vaselina es muy útil en países tropicales para protección de la piel.
Plancha a carbón, como la de mi abuela, en una tienda de ropa. Aunque la electricidad llega bien a toda la ciudad, el carbón es más económico para calentar, ya sea la plancha o el té.

Una curiosidad de Ougadougou es que allí se celebra el Festival de Cine Africano FESPACO, cuya sede nos acercamos.

Sede del FESPACO, en obras para su rehabilitación.
Cajas de carretes de películas amontonadas en un rincón.
Maison du Peuple, gran centro de congresos y celebraciones. El mantenimiento era bastante mejorable…

El viaje al sur (-oeste)

Entre Ouagadougou y Bobo-Dioulasso hay casi 400 km (como de Madrid a Murcia) que hicimos en el Toyota Venza de Sangaré. El coche es cómodo, pero quizás no el modelo más adecuado para muchas de las carreteras del país. Desde el asiento de copiloto intenté captar la suave transición del paisaje semidesértico del Sahel al bosque (en ocasiones casi selva) tropical húmedo cerca de la frontera con Costa de Marfil. Durante el viaje hubo varias paradas, pero alguna de ellas será comentada en otra sección.

Pequeños comercios junto a la carretera de calidad de la ciudad: si se te olvidó comprar algo en el centro, no pasa nada.
Escena típica del transporte de pasajeros y mercancías. El único límite es que el motor no pueda mover el furgón…
Parada para ver los cocodrilos sagrados de Sabou.
Los cocodrilos bostezan en la orilla del lago. Poco después se acercarán atraídos por una carcasa de ave amarrada a una cuerda que usa el encargado del lugar.
Paisaje junto al lago de Sabou con un grupo de cebús.
«Posando» con un Baobab junto a la carretera.
Barra de bar en una aldea. El adobe es el principal material de construcción lejos de las poblaciones principales.
Grupo de jóvenes a la sombra y construcciones de adobe. Las circulares suelen ser graneros, mientras que para las viviendas se prefiere la planta rectangular.

Bobo-Dioulasso

La segunda ciudad del país en tamaño y donde he pasado más tiempo está construida directamente sobre laterita, y el polvo rojo lo cubre todo, particularmente cerca del paso de vehículos. El edificio más significativo es la mezquita de adobe construida en 1880 con el estilo propio del Sahel, que se encuentra en el barrio viejo, lugar muy interesante por otros motivos. He disfrutado también recorriendo el bazar y distintos mercados callejeros.

Es evidente que la vegetación va haciéndose más espesa a medida que se viaja hacia el sur.

La mezquita se encontraba en proceso de restauración.
Estación de ferrocarril de Bobo-Dioulasso, desde donde es posible viajar a Costa de Marfil en tren.
Rincón en la parte más vieja de la ciudad. En el cartel puede leerse «Real Madrid, mejor club del mundo».
Reparto de bebidas refrigerantes carbonatadas.
Siluros en el río. La especie se considera sagrada.
Los más pobres lavan la ropa, otros enseres e, incluso, ellos mismos, en el río. El agua «limpia» se obtiene del pozo junto al río.
Pero el agua de beber hay que buscarla el pozos fiables…
… cuando no se puede comprar.
La sociedad de «comedores de cacahuete» es la que gestiona la actividad turística en la ciudad vieja.
Baile de máscaras, justo en el momento en el que los danzadores están sentados. Lo siento, con tan poca luz las fotos en movimiento me salen borrosas.
Interior del bazar. Algunas de las prendas vendidas se confeccionan allí mismo (observen las máquinas de coser).
Venta de ollas y cazuelas de barro en un mercado de las afueras.

La Universidad Nazi Boni

El nombre no tiene nada que ver con la Alemania de los años treinta del pasado siglo, sino con un político burkinabés que tuvo un papel en la independencia del país. La Universidad tiene varias instalaciones, encontrándose el Departamento de Matemáticas en el campus de Nasso. La figura del profesor de universidad goza de prestigio social y los estudios incrementan las expectativas de futuro de los jóvenes.

Entrada al campus de Nasso, a varios kilómetros del centro de Bobo-Dioulasso.
Bakary me enseña la Biblioteca Universitaria en Nasso.
Aula tipo «amphi».
Estudiantes en una pizarra al aire libre discutiendo Química Orgánica.
Uno de los momentos de mi curso.
Detalle de la pizarra, con el teorema espectral para operadores compactos autoadjuntos.
Uno de los mayores problemas en la universidad son las termitas. Éstas construyen pasadizos de barro desde el suelo hasta el techo para comerse los paneles de madera.
En la universidad hay una gran cantidad de árboles de mango. A los de la foto les queda poco para estar maduros.
Con Sangaré, en el aula del curso.
Edificios en otro de los campus de la Universidad Nazi Boni, donde Sangaré tiene una sala donde trabajan sus estudiantes.
Vestido como miembro de tribunal de tesis. Los dos que no llevan el traje académico son los estudiantes que acaban de defender sus trabajos.

Alrededores de Bobo-Dioulasso

En Burkina Faso hay una gran diversidad religiosa. Entre mis amigos hay musulmanes, cristianos y agnósticos. También hay un buen número de animistas en zonas rurales que practican sacrificios de animales. Una tarde nos acercamos a una aldea donde podían verse muchas manifestaciones del culto animista. Las fotos del final son de una zona boscosa junto al campus de Nasso y algo de la fauna que puede verse por las calles.

Paisaje granítico antes de llegar.
Ahí escondida está la aldea.
Enseres de cocina secándose en la calle después de su lavado.
Interior de una casa, con graffiti de elefante rosa.
Altar con restos de sacrificio de gallinas.
Altar en forma de túmulo de barro de extraño rostro. Me recuerda lejanamente los ídolos neolíticos encontrados a lo largo de nuestra costa mediterránea.
Plantación de jóvenes baobabs, un aspecto muy distinto del que tienen cuando llegan a centenarios.
Una fea costumbre: restos de «monodosis» de bebidas alcohólicas, envasados en Ghana.
En los alrededores de Nasso: comprobando la resistencia de las lianas… si pueden conmigo, también podrán con Tarzán y Jane, juntos.
Termitero.
Lagarto de género agama. Son muy rápidos y la foto a distancia no capta bien los colores…
… a no ser que el pobre bicho esté muerto.

Más al sur

Tuve la oportunidad de conocer algunos lugares del sur de Burkina Faso, cerca de Banfora, durante los días libres de las estancias. Esta es la parte más húmeda del país, aunque no lo suficiente para cultivar café y cacao, como sí se hace en Costa de Marfil. Allí hay ríos de agua limpia y lagos donde pueden observarse hipopótamos. También hay elefantes en Burkina, particularmente cerca de Boromo, pero es difícil verlos, y si se tiene «suerte», también es peligroso.

Planta de procesamiento de caña de azúcar. La carretera está asfaltada con melaza.
Peculiar formación rocosa (areniscas). La horizontalidad de los estratos, con ausencia de plegamientos o fallas, es reflejo de la «solidez» de la placa tectónica africana.
Detalle de las areniscas donde se observan ondulaciones provocadas por el agua durante la sedimentación (ripples).
Paisaje, con río y areniscas como las anteriores.
Intento de baño (más bien ducha) a pesar de la ausencia de cocodrilos y otros peligros… he conocido pocos burkinabeses que sepan nadar.
Flores de hibisco, con las que se elabora una bebida popular en el país.
Canoas en la orilla del lago Tengrelá. Su estado normal es estar anegadas. Cuando alquilas alguna, el encargado la vacía y tapona las vías de agua con barro… para un rato aguanta.
La canoa pasando entre nenúfares. Obsérvese el tapón de barro frontal.
Grupo de hipopótamos observando la canoa. Mejor guardar cierta distancia…
Cráneo de hipopótamo.
Fruto del baobab, con el que se elabora el «pan de mono».
Baobab sagrado en el que se refugió una tribu durante un ataque.
Entrada al baobab sagrado. Hay que descalzarse para pisar dentro.
Interior del baobab… no sé si una tribu entera, pero cabe bastante gente.
Compartimos un té con nuestros guías junto al lago.
Paisaje verde desde un roquedo de arenisca, nada que ver con el norte del país.
Y la maleta, finalmente llegó una semana más tarde.

Las gentes

No todo van a ser paisajes y objetos en este repaso fotográfico de mis experiencias en Burkina Faso. La población del país se compone de muchas etnias, todas ellas con alguna lengua y cierta pervivencia de costumbres. La «nobleza» pertenece a los mossi, que es también la etnia mayoritaria en el país. En Bobo-Dioulasso hay una gran proporción de población bobo, mientras que el norte del país hay tuaregs. También hay algunos dogón, de cuyo peculiar arte se pueden encontrar muestras en las tiendas. Sangaré pertenece a la etnia peul, originariamente de pastores nómadas. Por este motivo siempre le digo que en su caso tiene mucho más mérito el haber alcanzado su estatus actual.

Sangaré con su familia.
Con el tío de Sangaré, en Boromo, sus dos esposas y uno de sus hijos. La poligamia es cada vez menos frecuente en Burkina.
El hermano de Sangaré, con su familia y casi todos los niños de la aldea, que acudieron para salir en la foto.
Niña leñadora posando con su hacha. Observe el sistema de enmangue de la hoja, que permite ahorrar metal (el engrosamiento de la madera ayuda en la inercia) y que recuerda el enmangue de algunas hachas neolíticas de piedra y de las primeras en bronce.
Como quería un hacha igual que la de la niña, y las que vendían eran demasiado grandes caber en la maleta, fuimos a encargarla a un herrero. La fragua, para aumentar la temperatura, usa la turbina de un extractor de aire conectado a una rueda de bicicleta.
Estudiantes volviendo de la universidad. La moto, junto con la bicicleta, es el vehículo más popular…
… capaz de llevar a una familia…
… pero, al contrario que la bicicleta, necesita combustible.
Alrededores de Tengrelá. un agujero en el suelo con una escalera tallada en un poste…
… para mantener fresca la hoja de palma mientras se teje con ella, en este caso un cesto.
Vendedoras de fruta «acosando» al pobre Sangaré en una parada en la carretera.

Productos y alimentos

Hablaré un poco de la producción de Burkina Faso. Los índices macroeconómicos sitúan al país africano entre los más pobres del mundo. Ciertamente, no hay allí yacimientos especialmente valiosos, siendo la minería de oro meramente testimonial. Burkina no tiene salida al mar y su clima tropical no es lo suficientemente húmedo para cultivar café o cacao. Hay que precisar que los llamados índices macroeconómicos se basan en los precios de mercado de los productos, y no en su capacidad para paliar el hambre. Afortunadamente, Burkina Faso produce una variedad de productos comestibles: cacahuetes, excelentes aguacates, manteca de karité, mangos…

Renault-Berliet: muchos de los camiones que mueven mercancía en Burkina son modelos clásicos pero de sobrada robustez y fiabilidad.
Fábrica de cerveza Brakina, en las afueras de Bobo-Dioulasso.
Y la mencionada cerveza, que acompañó muchas de mis comidas allí.
Pero una de las mejores bebidas de Burkina es la horchata de chufa, siempre de producción artesanal (por eso va en una botella de agua reutilizada), que es más concentrada que la valenciana.
Sopa de pescado, literalmente, un pescado que ocupa casi todo el plato.
Pescado local preparado al papillote. Se toma con mucho picante.
El pollo es muy popular, sobre todo, como «poulet flambé». Ave recién desplumada en la cocina de un restaurante que ofrece la posibilidad de elegir el pollo (todavía vivo) en el corral.
El cebú está delicioso.
Cocinando de manera tradicional.
Palma, para hacer aceite. Aquí no hay problema con los orangutanes.
Anacardos, la parte carnosa está deliciosa. En España sólo conocemos la semilla como fruto seco, que curiosamente crece en el exterior.
Snack de grillos. Al final, me fui sin probarlos…
… ni esto tampoco: otro snack de larvas de insecto.
Si se trepa a esta farola se puede obtener miel.
«Pan de mono» elaborado con el fruto del baobab.
Hablemos de un producto de importación: Burkina no produce vino, pero allí se puede encontrar vino de Jumilla. El de la foto está producido por García Carrión y no es mejor que el Don Simón a pesar de ir en botella de vidrio.
Afortunadamente, también se puede encontrar vino francés (y argelino) de calidad razonable.

La despedida

La vuelta a Ouagadougou fue nuevamente por carretera. Paramos a ver de nuevo al hermano y al tío de Sangaré en Boromo. Llegando a nuestro destino un extraño ruido salía de la caja de cambios automática del Toyota… los últimos kilómetros fueron muy penosos y no entraba la marcha atrás: el cambio se había quedado sin aceite. Afortunadamente pudo repararlo esa misma noche y al día siguiente, sin contratiempos, yo volaba de vuelta a casa.

Los últimos días los dediqué a buscar recuerdos, como cualquier turista  😕
Le eché una mano a Sangaré conduciendo su Toyota durante el regreso… por si se os ocurre, no tengo nada que ver con la avería de la caja de cambios.
Me hubiera gustado tener más tiempo para estudiar las industrias líticas en los alrededores de Bobo-Dioulasso.
Algunas cosas no cambian…
Me gusta pensar que he podido tener alguna influencia… Bakary luce unas abarcas adquiridas en Murcia.
«Aquí hay alegría»
À bientôt chers amis !

Epílogo

Queridos lectores, espero que os haya gustado este post, esencialmente fotográfico (más de 100 imágenes), sobre Burkina Faso y que contribuya al mejor conocimiento de este país. Espero vuestros comentarios.

Recuerdos de Ucrania

He estado un par de veces en Ucrania, y he visitado tres de sus ciudades. No me apetece hablar mucho, así que sólo pondré algunas fotos que hice allí, y que a estas alturas ya no son otra cosa que unos recuerdos de Ucrania.

Kiev

La capital del país ocupa una posición bastante central en Ucrania en sentido de la latitud, aunque algo desviada hacia el norte, y relativamente cerca de Bielorrusia. Kiev, situada junto al Dniéper, tiene grandes espacios abiertos.

Centro de Kiev
Complejo monástico de San Miguel de las Cúpulas Doradas
Catedral de San Miguel de las Cúpulas Doradas
Monumento a la Independencia
Reloj de grandes dimensiones, cerca del Monumento a la Independencia
Catedral de San Andrés
Graffiti
Literalmente: espreso, amerikano, kapuchino, latte…

Lviv

La ciudad de Lviv siempre ha estado en el mismo sitio, pero no las fronteras. Si nos ceñimos a los últimos dos siglos, Lviv ha sido: austrohúngara, polaca, soviética y, finalmente, ucraniana desde la independencia del país. Durante los años polacos, reunió en su universidad un grupo de matemáticos cuya influencia en Topología y Análisis Funcional ha sido esencial en el siglo XX.

Noche de verano en Lviv
Tranvía por el centro de la ciudad
Volga GAZ-21, automóvil ruso de los años 50-60
Chocolates en forma de herramientas y ferralla
Congreso de Matemáticas en honor de Anatoli Plichko
Foto de los congresistas frente a la tumba de Stephan Banach
Kawiarnia Szkocka, o Café Escocés, donde se reunían S. Banach, S. Mazur, H. Steinhauss, y S. Ulam, entre otros, a hablar de matemáticas y poner problemas, también de matemáticas.
Pasión desmesurada por el fútbol
Un famoso leopoliense, Leopold von Sacher-Masoch ¿de qué me suena su apellido?

Kharkiv

Situada al este del país y muy cerca de la frontera con Rusia, resulta más fácil oír ruso que ucraniano por sus calles. En ella está la Universidad Nacional Karazin, por donde han pasado un buen número de matemáticos y físicos de renombre.

Catedral de la Anunciación
Palacio decimonónico, usado actualmente para celebrar eventos
Mercado de abastos
Plaza cerca de la Universidad tras una nevada
Edificio de la Universidad Nacional Karazin, donde se encuentran las facultades de Ciencias
Tres premios Nobel vinculados con la Universidad de Kharkiv
Colección de modelos geométricos en escayola
Detalle de las superficies en escayola
Plaza de la Libertad, posiblemente la mayor plaza adoquinada de Europa
Productos para una cena de contingencia en Kharkiv

Epílogo

Ucrania está llena de vestigios de las guerras del siglo XX y fue escenario de uno de los mayores genocidios ocurridos en Europa, el Holodomor. La Historia, esa sucesión de fechas y nombres que parece haber quedado fosilizada en los libros, sigue escribiéndose hoy mismo, domingo 27 de febrero de 2022, con sangre.

Graffiti. No he podido averiguar quién está representado, pero el avión es un Yakovlev Yak-1.
Tanque británico Mark V de la Primera Guerra Mundial
Tanque soviético T-34 de la Segunda Guerra Mundial
Con los profesores Vladimir Kadets y Alexander Yampolsky en un restaurante.

Dedicado a mis amigos y colegas ucranianos.

Editado 1/02/2022. La siguiente foto es una vista desde el despacho que ocupé en la Universidad Nacional Karazin de Kharkiv (Járkov) durante mi visita en 2017. El edificio que se ve al final de la Plaza de la Libertad ha sido destruido hoy por un misil ruso.

Editado 4/03/2022. Sin palabras.

El Covid visto desde tres congresos

Con la irrupción de la pandemia del Covid-19 (como si hiciera falta indicar el año) muchas cosas cambiaron. Cada uno sabe mejor que nadie como todo esto le ha afectado a su vida, seres queridos, trabajo… No tengo la más mínima intención de entrar en tales asuntos. Y precisamente la mejor forma que tengo de escribir sobre el Covid sin dramatismo o polémica es centrándome en lo anecdótico: cómo la pandemia ha afectado a la celebración de los congresos de matemáticas, particularmente, en los que he participado. Esto es el Covid visto desde tres congresos.

Una de las actividades relacionadas con la investigación en el ámbito universitario es la asistencia a congresos (conferences, workshops). A veces, también hay que participar en la organización de estos, pero eso es mucho menos frecuente por una simple cuestión aritmética. En los congresos, los especialistas de un determinado tema presentan sus nuevos resultados, se conversa y se discuten ideas, problemas o proyectos… Es quizás la parte más humana de la vida científica, y para nosotros los matemáticos, una forma de escapar de la monotonía y la soledad propias de nuestro trabajo. Por eso estamos más pendientes del calendario de congresos que del de festividades.

Cartel del congreso en honor de Gilles Godefroy, cancelado por el Covid

A la vez que la pandemia avanzaba por el mundo, iba cambiando nuestra percepción de ella. Así, a finales de 2019, el Covid se consideraba como una versión algo más virulenta de la gripe. Y si resultaba alarmante en su país de origen, era simplemente porque no disponían de los medios adecuados para tratar a los enfermos. En febrero de 2020, con varios brotes activos en Europa no se apreciaban todavía las dimensiones del problema. A comienzos de marzo de ese año se celebró el Encuentro anual de la Red de Análisis Funcional en la Universidad de La Laguna (Tenerife) al que asistí especialmente feliz por ser la primera vez que viajaba a las islas Canarias.

A la entrada de la Facultad de Matemáticas de La Laguna
Buscando la foto del las «mil pesetas» con el Teide al fondo
Colada de obsidiana, en el Parque Nacional del Teide
Detalle de la obsidiana
El famoso drago de Icod de los Vinos

En Barajas, haciendo escala al regreso de Tenerife, se veía bastante gente con mascarillas quirúrgicas, cosa hasta entonces limitada a los turistas japoneses. Las reuniones convocadas para la semana siguiente se anularon bruscamente. Poco a poco, fueron llegando las cancelaciones de todos los congresos anunciados hasta el verano de 2020. En seguida llegó el primer lockdown, las reuniones vía Zoom, los webinars, salir a la calle con guantes de látex o nitrilo (las mascarillas no podían ser obligatorias por falta de existencias) solamente para comprar víveres… y fuimos afortunados cuando se estableció el horario de paseos. Los números de la pandemia mejoraron con la llegada del verano. Por eso pudimos salir unos días por vacaciones y los organizadores de las reuniones canceladas en primavera se plantearon la posibilidad de celebrarlas en otoño. Ese fue el caso de un congreso en Luminy titulado “Entangling Non-commutative Functional Analysis and Geometry of Banach Spaces” que se reactivó para octubre de 2020.

La «pizarra» en un momento de la clase impartida online desde casa

Para no tener problemas cuando cruzara la frontera me hice mi primera PCR y llevé el resultado negativo a modo de salvoconducto, aunque todavía no era obligatorio. El congreso se celebró en modo semipresencial. Como consecuencia, algunas de las «estrellas» invitadas impartieron las conferencias desde su casa, pero los asistentes físicos al congreso disfrutamos de unos días excepcionalmente buenos en el entorno del parque natural de Les Calanques, con baño incluido en sus azules aguas. Hay que decir que el rato en la playa habría sido más tranquilo de no haberme llevado un bocadillo de salchichón que atrajo a todas las avispas de la zona.

Sala de conferencias en el CIRM, Luminy
El mejor momento del congreso: bouillabaisse, plato típico marsellés, para comer
Les Calanques, cerca de Luminy
Imagen idílica…
Tomando el sol tras el baño
En el cercano pueblo de Les Baux-de-Provence, de donde la bauxita toma el nombre
Con Paula y Luis Carlos en Zaragoza, unas horas después de que Francia decretara el estado de alarma

A lo largo de esa semana, veíamos con inquietud los datos de incidencia en Europa volvían a subir. Mientras abandonábamos Francia, nacía mi primera sobrina-nieta, Ariadna, y el président Macron anunciaba medidas excepcionales en el país galo. Cataluña ya había cerrado la hostelería, pero llegamos a tiempo de tomar unas tapas en Zaragoza. Pocos días después el presidente Sánchez anunciaba el segundo estado de alarma. Los viajes entre provincias se acabaron… A comienzos de 2021 el gobierno regional anunciaba un nuevo confinamiento municipal. Unas horas de que entrara en vigor Tere y yo nos acercamos a ver la nieve recién caída en Bullas.

Nevada en Bullas, con muñeco de nieve incluido

Las cifras de incidencia volvían a ser altas, en parte por la mayor capacidad para diagnosticar a los asintomáticos, pero también la presión hospitalaria había bajado con relación a la primera y segunda olas. Las campañas de vacunación empezaron a tener un efecto directo en la bajada de la incidencia, y con ello, volvieron las ganas de organizar reuniones científicas. El tercer congreso de este post se celebró a finales de junio en Borovets (Bulgaria) con el título “15-th International Workshop on Well-Posedness of Optimization Problems and Related Topics”. Viajé con una sola dosis de Pfizer puesta, por lo que tuve que hacerme PCRs a la ida y a la vuelta. Borovets está frente a la montaña más alta de los Balcanes, el Musala (2925 m) en el Parque Nacional de Rila. El congreso se celebraba en una estación de esquí rodeada de bosques. Al final, los organizadores se vieron obligados a adoptar la modalidad semipresencial, pero no es lo mismo participar desde la pantalla de un ordenador.

En un momento de mi conferencia sobre funciones uniformemente convexas
La cena oficial del congreso, a punto de ser servida
El Musala con sus neveros
La excursión del congreso a vista de dron (cortesía de Mikhail Krastanov)

Después del congreso de Bulgaria vino el verano y una mayor apertura. Aunque ya no se trata de congresos, merece la pena mencionar los viajes. Tere y yo pasamos las vacaciones de agosto en La Provenza, enseñando el «pasaporte Covid» a cada momento. Más recientemente estuve unos días en Besançon y los Alpes, y justo ayer volvimos de pasar unos días en New York… pero eso es otra historia. Ahora, con el frío de nuevo, parece que la incidencia del Covid vuelve a repuntar… Mejor me despido ya y acabo este post deseando que no tenga que hacer una segunda parte.

Velas y plegarias en la catedral ortodoxa de Sofia

Weekend en los Alpes

Me he dado cuenta de que en lo que llevo de blog hasta ahora, mis menciones a los viajes parecen siempre cosa del pasado. Para romper con esa tónica, hablaré de lo que hice hace apenas un par de semanas: pasar un weekend en los Alpes. No es por esnobismo que escribo la palabra inglesa, sino porque la usan corrientemente los franceses, y es más corta que decir “fin de semana”.

Besançon, casas junto al Doubs

Antes de eso había estado unos días en Besançon, ciudad a la que le tengo mucho apego. Mis colegas Gilles y Florence iban a pasar una semana de vacaciones en su chalet en los Alpes, cerca de l’Alpe d’Huez, y me ofrecieron la posibilidad de visitarlos allí en mi regreso a España. Naturalmente, acepté con gusto la invitación y el viernes por la tarde me presenté allí con unas botellas de garnacha tintorera, monastrell y Pedro Ximénez (desde hace mucho tengo la costumbre de llevar vinos españoles a Francia y volver con vinos franceses). El chalet es bastante grande y tiene varias viviendas separadas habitadas por los padres y la hermana de Florence, ésta con su familia. Así que la primera cena allí fue multitudinaria.

Panorámica desde el chalet de Gilles y Florence
Le dîner en famille

He cruzado los Alpes entre Suiza e Italia, entre Austria y Eslovenia, he pasado unos días en Innsbruck… pero esta era la primera vez que me quedaba literalmente en la montaña. Era una ocasión única para buscar minerales, y a falta de información consulté el mapa del tesoro (mindat.org). De los varios lugares que se indican por la zona, hay uno muy cercano que ha proporcionado muy buenos ejemplares de cuarzo. Hay que decir que el cuarzo alpino es famoso por el hábito y la limpieza de sus cristales. El yacimiento fue fácil de encontrar, a unos metros del “virage numéro 11” de la mítica subida al Alpe d’Huez del Tour de Francia, curva dedicada al no menos mítico Bernard Hinault.

Virage numéro 11 «Bernard Hinault»

Se trataba de una antigua mina (Mine de Ribot), cuyo acceso estaba cerrado con malla metálica y un cartel advertía de las consecuencias legales de forzar la entrada. No obstante, la escombrera frente a la bocamina bastaba para poder hacerse una idea de lo que hubo dentro. En particular, recuperé unas muestras de sulfuro polimetálico con predominancia de galena, lo que explica que la minería antigua de la zona esté ligada a la explotación de plata, como el sitio cercano de Brandes. Lo que más destacaba entre el escombro era el cuarzo masivo acompañado de algo de barita, con abundancia de cristales transparentes de cuarzo, que superaban el centímetro con dificultad. A la búsqueda de cuarzo, además de Gilles y Florence, se sumaron la hermana de Florence y su marido.

Entrada a la Mine de Ribot
Todos buscando minerales en la escombrera de Ribot

En otra excursión, con Gilles y Florence, nos dirigimos a unos lagos que quedan por encima de Alpe d’Huez. El día sombrío y lluvioso a ratos no impidió llegar a un canchal en el que los líquenes delataban la cuarcita, y así la posibilidad de cristales de cuarzo. En efecto, el cuarzo estaba presente, pero no como para que mereciera la pena darle mazazos a la roca. Tengo cristales de cuarzo de buen tamaño y de muchos sitios. A estas alturas de mi vida, encuentro más satisfacción en descubrir dónde están los minerales que en llevármelos a mi casa. Pero lo mejor de todo fue ver como Gilles y Florence se afanaban en buscar minerales. Después de más de veinte años pasando allí las vacaciones, habían descubierto un nuevo aspecto de las montañas. 

Paisaje de alta montaña
Masa de barita cerca de los lagos de Alpe d’Huez
Gilles y Florence trepando por el canchal de cuarcita

Ya en casa, Florence limpia las muestras que ha recogido y las pone en una cajita. Así es como comienza una colección de minerales… y me dará mucho gusto saber que la continúa. Bueno, cuando los tiempos lo permitan, el de reloj y el atmosférico… En efecto, comenzó a nevar unos días después de mi regreso y hasta el verano será difícil volver a buscar piedras a esas altitudes.

El comienzo de la colección de minerales de Florence. Destacan los cristales de cuarzo de Ribot.

Llega el momento de despedirme de Gilles, Florence y de las montañas. Muchísimas gracias queridos amigos por vuestra hospitalidad y vuestra compañía en estos días excepcionales en los Alpes.

Á bientôt chers amis !

Las librerías de Francia

Supongo que los primeros posts tienen bastante de autojustificación y aún no sé cómo empezar de otra forma… Cuando comenté a mis amigos que iba a poner en marcha un blog algunos me dijeron que eso ya no se lleva. Que es mucho mejor un canal de YouTube o TikTok, y basar la comunicación en vídeos porque la gente ya no lee. Ciertamente, es un argumento de peso, y si antes tenía alguna duda, ya ha desaparecido completamente: nada de vídeos. Voy a seguir escribiendo, porque este blog es para la gente que lee, aunque seamos cuatro gatos mal contados. Tengo mucho respeto por los profesionales que graban y publican tutorials, particularmente los de fontanería casera. Pero lo siento mucho, sin lectura no hay cultura. Aunque el papel va siendo progresivamente reemplazado como soporte, la salud de sus librerías sigue siendo un buen indicador del desarrollo de una sociedad. Para explicar esto mejor, un ejemplo, librerías de España contra librerías de Francia. Lo siento de nuevo, aparte del fútbol, Francia va por delante también en esto.

Las mil y una noches, comprada en la Librería de Mariano, mejor sin sobrecubierta

Un pueblo no muy grande como Archena, hasta los primeros años de este siglo tenía una librería. Digo bien, librería, no una papelería que ofrece unos pocos libros, particularmente los anunciados en la tele. La Librería de Mariano era prácticamente una cueva, por la poca luz que entraba y lo angosto de sus estanterías repletas de libros. Todas las colecciones: Austral, Alianza, Destino, Alfaguara, algún Gredos, diccionarios enciclopédicos Sopena… Ahí compré mi primer ejemplar de Las mil y una noches (tengo unos cuantos… quien conozca esta compilación de historias lo entenderá perfectamente). Mariano «el Librero» (que en realidad no se llamaba Mariano, cosas del marketing, supongo) atendía con una levita gris y asesoraba diligentemente sobre cualquier libro que se le preguntara. Ha llovido bastante desde que Mariano se jubiló y traspasó el negocio con la condición de que conservara el nombre. Y así ha sido: la todavía llamada Librería de Mariano, ahora al otro lado de la calle y en un local mucho más luminoso, decora su escaparate con los libros de la tele y regalos de primera comunión. Otras librerías de la Región han corrido peor suerte, como Yerba en Murcia o Escarabajal en Cartagena. Incluso el emporio Diego Marín ha tenido que reducir sus locales a sólo dos: la clásica González Palencia y la «juguetería» sita en el polígono El Tiro. Cierto es que han aparecido comercios nuevos, como Casa del Libro o las secciones de libros en grandes superficies, pero su política anti-fondos me impiden considerarlas librerías sensu stricto.

Le Somail (foto tomada de micrucerofluvial.com porque es mejor que las mías)

Mientras que en España hay centros comerciales donde no se venden libros y pueblos sin librería, en Francia se pueden encontrar librerías sin pueblo. El Canal du Midi, en su recorrido desde Toulousse hasta el Mediterráneo ofrece numerosas estampas bucólicas y rincones singulares. Uno de ellos es Le Somail, que no llega a la categoría de pueblo y se queda en aldea (hameau, en francés). Un puente de piedra sobre el Canal, el centro vital de este caserío, desde el que se observa el embarcadero, una terraza al aire libre donde degustar los vinos del Languedoc, y una sorprendente librería. Ya antes de entrar en la Librairie Ancienne, hay que esquivar mesas con libros viejos o dañados a precios económicos. Un pasillo relativamente largo atestado de libros hasta el alto techo conduce a una enorme sala rectangular con dos alturas y exposición en el centro. La foto lo explicará mucho mejor que yo.

La apoteosis de los libros en la Librairie Ancienne du Somail

Dos advertencias. En primer lugar, la librería de Le Somail es esencialmente una librería de viejo (para ser justos, tendría que haber mencionado el mítico Bazar del TBO en mi repaso a Murcia). Una librería moderna ofrece lo que se ha publicado en los últimos años, una librería de viejo ofrece lo que se ha publicado en los últimos siglos. No hay comparación. En segundo lugar, la mayor parte de los libros están en francés. Recomiendo el conocimiento de esta lengua de cultura que nos abre las puertas a una infinidad de obras interesantísimas que nunca se traducirán al español por motivos más que obvios.

Una calle de Montolieu

Remontando el Canal du Midi, que es Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, llegamos a la amurallada Carcassonne, también Patrimonio de la Humanidad y tal… y a menos de 20 km de allí está Montolieu, uno de los varios Villages du Livre que tiene Francia. Más de 15 librerías (como el número puede fluctuar os dejo este enlace), y alguna con varios pisos, en un pueblo que se recorrería en menos de diez minutos. No hace falta decir que a Montolieu no se va a disfrutar de sol y playa. Aún así, recibe muchos turistas en verano, diría que bastantes más que Urueña, su villa homóloga en España. Os sugiero, como actividad instructiva de vacaciones, efectuar la comparación de Montolieu, Canal du Midi y Languedoc, con Urueña, Canal de Castilla y Ribera de Duero. Para que haya una mención a las piedras, cerca de Carcassonne y Montolieu está Salsigne, en cuya mina a cielo abierto se explotó hasta 2004 el oro contenido en las piritas arsenicales.

Son muchos años yendo a Francia y he desarrollado una serie de rituales alrededor de los libros. Por ejemplo, cuando paso por París siempre visito la Gibert Joseph del Boulevard Saint-Michel. Pero no quiero aburrir al lector con más recuerdos de librerías francesas. Para acabar este post lo mejor que se me ocurre es una despedida con estilo… no la mía, sino la una librería gala en el momento de su cierre. Sí, también cierran librerías en Francia. Esta nota la encontré en 2016 en un escaparate de Saint-Martin-de-Crau, en esa peculiar región taurina conocida como La Camarga. La foto no es muy buena porque la hice de noche.

A continuación la traducción de la nota:

Con pesar, la librería cerrará sus puertas definitivamente.

Antes de irme quiero agradecer a mis amigos lectores y a todos aquellos que me han ayudado y apoyado durante estos siete años.

Doy las gracias a todos aquellos y todas aquellas que han permitido la existencia de este pequeño comercio local.

Gracias por vuestra amabilidad, vuestra confianza y vuestra simpatía.

A los otros, los internautas y compinches, que permiten que las grandes corporaciones de siempre se enriquezcan, les diría que ya no es necesario quejarse de que el comercio (del centro) del pueblo se está muriendo.

Una página pasa para dejar sitio a otra historia

El libro que hemos escrito juntos está lleno de bellos encuentros, de buenos momentos y de gente maravillosa que están grabados en mi memoria para siempre.

Nada de rabia, nada de resentimiento, ni de rencor, sólo la preocupación por el porvenir de nuestro comercio local.

Marjorie 

Camino de Santiago

En agosto de 2004 hice el Camino de Santiago (el llamado Francés, pero únicamente la parte española) con mi compañero de la universidad Leandro (años después hice el tramo aragonés desde Somport a Puente la Reina de manera más sosegada junto a mi pareja en aquel entonces). Aprendí muchas cosas, pero si tengo que dar un solo consejo a quien quiera hacer El Camino, simplemente diré cuanto más lejos empieces de Santiago, mejor. El texto que incluyo lo escribí al poco de regresar, quiero pensar que bastante influido por mítico Viaje a la Alcarria de Cela. Lo he retocado levemente para poder publicarlo aquí, quitando alguna errata, añadiendo alguna explicación extra y un par de epílogos adicionales. Las pocas fotos que he puesto son las únicas que conservo de esa “hazaña”.

De Roncesvalles a Santiago de Compostela: crónica de los peregrinos.

Prólogo 

“Tengo algo que proponerte…” le dijo uno a otro un mes antes de convertirse en peregrinos. Era ya tarde para arrepentirse cuando el Opel Corsa de alquiler cruzaba España de sur a norte durante la madrugada. Quizás el entrenamiento no había sido muy exhaustivo (un par de caminatas por la vía verde Murcia-Caravaca), pero para que andar más si nos íbamos a hartar. El Camino se ocupa de curtir al peregrino para que éste pueda realizarlo, dicen. También oímos que de Roncesvalles a Santiago hay tres fases: la física, la mental y la espiritual. Pero también nos encontramos con gente que tuvo que abandonar el Camino con graves lesiones. Gente entrenada y con fuertes motivaciones tenía que despedirse de la peregrinación. Ahora nos tocaba a nosotros.

La teoría que durante años ha sostenido el peregrino que suscribe es que el Camino de Santiago se puede hacer en 20 días de manera razonable. Por supuesto, con el entrenamiento adecuado y siendo un atleta se podría hacer en menos tiempo, pero “de manera razonable” significa para cualquiera persona sana sin taras físicas. También se podría hacer el Camino en caballo o bicicleta si lo que se quiere es conseguir la compostela, pero tras esta experiencia hemos llegado al convencimiento de que los jinetes y ciclistas no son peregrinos, al menos en el mismo sentido que los de a pie. En particular, los ciclistas en grupos, con ropas de colores, que se toman el camino como una competición, y se animan y jalean entre si con un “¡Vamos, vamos, vamos!”. Esta gente que trata a los peregrinos andantes como obstáculos, se la encuentra uno después en los bares diciendo que la bicicleta es más dura porque no puede uno pararse cuando quiere, al contrario que los caminantes, que van como de paseo. El Señor los confunda.

El relato que sigue a continuación da algunos detalles de esta experiencia. El primer rasgo que observará el lector es que son más de 20 días, pero atendiendo a los pormenores, se deduce que es posible hacer el camino en menos tiempo si hay voluntad, el clima acompaña y la elección de calzado y ropa es adecuada. Ver que algo es posible se considera una demostración en Matemáticas. A falta de ciertas cosas que aprendimos después, este narrador se vio obligado a practicar una especie de “ingeniería del dolor” para administrar los recursos de su compañero y los suyos propios. Por nadie pase.

Jornada 1 / Roncesvalles – Larrasoaña / 27 km

Un poco aturdidos por la noche en vela comenzamos el camino más por despejarnos que por llegar antes a Santiago. Los peregrinos salen en tropel y, en general, deprisa porque para la mayoría este es su primer o segundo día. La jornada era esencialmente de descenso, aunque con alguna subida fuerte que nos incitaba a tomar cualquier pequeño descanso que las numerosas poblaciones de la ruta nos ofrecían. La desoladora vista de la cantera de magnesita al salir de Zubiru nos avisa de que a los Pirineos le quedan ya poco.

Llegamos a comer a Larrasoaña sin intención de quedarnos allí pues Pamplona parece un objetivo razonable para acabar el día, pero la lluvia nos hizo reconsiderar, hasta tal punto, que nos alojamos en una habitación del mismo restaurante.

Jornada 2 / Larrasoaña – Puente la Reina / 39,4 km

Salimos antes del amanecer, comenzando por senderos entre vegetación frondosa que nos llevaron hasta la carretera, que ya no abandonaríamos hasta Pamplona. La capital navarra nos recibe por su parte mas vasca, que no parece tener nada que ver con el paisaje que se ve al dejarla poco después: sí, la primera duplicación de etapa.

A lo lejos se ve el Alto del Perdón, marcado con generadores eólicos. Esta es la primera subida realmente dura del Camino y afecta particularmente a uno de los peregrinos, mientras que el otro ya no sabe que hacer con las rozaduras de las ingles y las bufetas (ampollas, en murciano) incipientes de las plantas de los pies. Cogí una rama de un árbol seco para usarla como bordón y me acompañó durante todo el camino. Nos abastecemos de ungüentos milagrosos en una farmacia de Puente La Reina y dormimos en el albergue municipal arrullados por infernales ronquidos.

Con mi palo, en una etapa bastante posterior… aún lo conservo

Jornada 3 / Puente la Reina – Los Arcos / 43,8 km

Las obras de la autovía obligan a los peregrinos a un absurdo rodeo a través de senderos diseñados por alguien que no tendrá que caminar por ellos. Los tramos de la antigua calzada romana intercalados no hacen más fácil la caminata. En Estella estamos de paso y nos despedimos de la comarca en la fuente del vino de Irache. Despues de Villamayor, afrontamos el último tramo de 12 km con algo de ánimo por ser cuesta abajo, pero la no-llegada a Los Arcos se hizo eterna, pues esta población no es visible hasta que, literalmente, pones los pies en ella. Buen ambiente en el albergue municipal donde ya estaban el Gigantón, su amigo, la Americana y los Abertzales de Haro con quienes coincidimos durante la jornada.

Jornada 4 / Los Arcos – Logroño / 28 km

No ser capaz de dar un solo paso hasta el lavabo, pero caminar después 28 kilómetros no puede ser otra cosa que un milagro. Desayunamos en Torres del Río y poco después ya es visible Logroño, aunque aún faltan 18 kilómetros y atravesar Viana. Día muy caluroso, íbamos preocupados por el gasto de agua antes de llegar a donde reponerla. Los últimos kilómetros también con escasez de sombras convierten a la higuera de la señora Felisa en el mismísimo paraíso. Decidimos que Logroño bien merece dormir en un hotel céntrico.

Jornada 5 / Logroño – Azofra / 34,8 km

La valla con las cruces de astillas de madera al final de la cuesta y Logroño se pierde de vista. Después, revuelo por un intento de suicidio en Navarrete city center. Por la carretera, a través de viñedos, decidimos suprimir Ventosa del recorrido. Otra curiosa ceremonia: las pilas de piedras planas cerca del punto más alto de esta jornada, poco antes de la bajada a Nájera. De allí, tras las curas pertinentes, seguimos caminando un poco más hasta Azofra, donde nos alojamos en el recién estrenado albergue municipal.

Iglesia fortificada del Monasterio de Santa María la Real de Nájera

Jornada 6 / Azofra – Belorado / 38,1 km

La salida de Azofra es bastante rápida, pero el cansancio no tarda en poner a cada uno en su sitio. Junto a un campo de golf, el camino hace un ángulo recto para esquivar una urbanización a medio construir (las grúas son visibles desde Azofra incluso). Los peregrinos se acuerdan de que el Camino teóricamente está protegido, pero contra el dinero no hay teoría que valga. En Santo Domingo los peregrinos visitan la catedral con gallinero incluido:

Santo Domingo de la Calzada,

donde cantó la gallina después de asada.

Cruzando los puentes que nos dejara el patrón de los ingenieros de caminos, con un calor infernal y tras varios pueblos llegamos a Villamayor del Río, cuyo albergue estaba cerrado. Forzados, continuamos hasta Belorado llegando al anochecer. Nos alojamos en un albergue parroquial, donde vimos al Gigantón que había llegado mucho antes, pero se había quedado con su amigo lesionado, que se retiraría del Camino ese día. La Americana había seguido andando y el Gigantón salió de noche y enamorado para intentar alcanzarla. No volvimos a verlos.

El Paleolítico inferior acompaña al peregrino desde Nájera (foto tomada en su museo) a Atapuerca.

Jornada 7 / Belorado – Olmos de Atapuerca / 34 km

Borjamari y Piluka nos adelantan al salir de Belorado sin la menor consideración, que, como peregrinos que somos todos, nos debemos. La subida a los Montes de Oca se hace con bastante más alegría que otras anteriores. Comemos en San Juan de Ortega, el delineante de Santo Domingo, y continuamos hasta a Atapuerca. Allí, varios pseudo-peregrinos internacionales okupaban el albergue (una de las peores cosas del Camino, quienes se aprovechan de la infraestructura durmiendo gratis o barato caminando lo mínimo). Entre gilipollez y gilipollez nos animaron a seguir caminando. Desviados de la ruta principal, llegamos a Olmos de Atapuerca. Dormimos en un curioso albergue, donde también los peregrinos pueden hincharse a comer.

Jornada 8 / Olmos de Atapuerca – Burgos / 21,6 km

Se plantea la jornada como un descansado paseo hasta Burgos. El desangelado paisaje al bajar de la sierra de Atapuerca primero, y el interminable polígono industrial llegando a Burgos después, hacen de esta etapa que no sea especialmente interesante. Sólo un supuesto atajo entre disparos de cazadores le dio algo de emoción a la caminata. Visita turística a Burgos con misa en la catedral. Dormimos en un hostal bastante céntrico, cosa que no pudieron decir otros peregrinos que siguieron hasta el albergue municipal, a varios kilómetros en dirección a León.

Tapeo en Burgos con Idoia, que hizo de guía local

Jornada 9 / Burgos – Castrojeriz / 40,3 km

Comienzan los páramos castellanos y los caminos cubiertos de gruesos cantos rodados, presuntamente para arreglarlos. Interesante y escondido el pueblo de Hontanas, donde comimos. Pasamos por las ruinas del monasterio de San Antón: letra tau. Los albergues se van llenando en Castrojeriz, pero tenemos suerte y encontramos sitio en un albergue donde las literas son de obra. En esta jornada conocemos a una chica que viene caminando desde Suiza y una señora francesa que comenzó en Burgos, con quienes nos encontraremos en más ocasiones.

Jornada 10 / Castrojeriz – Frómista / 24,7 km

La salida comienza con la subida a un páramo, desde el que se baja hasta el río Pisuerga. El día se va volviendo desagradable por momentos con viento y chubascos esporádicos que obligan a los peregrinos a usar por primera vez sus impermeables. Aunque la intención era llegar hasta Carrión de los Condes, los peregrinos acuerdan quedarse a descansar en Frómista, en un hotel frente a la famosa iglesia románica. 

Uno de los peregrinos aprovecha para buscar unas botas más adecuadas para caminar, ya que las que lleva tienen la culpa de sus penurias, mientras que el otro encuentra alivio con unas plantillas de silicona. El esparadrapo se gasta en cantidades industriales. Quizás esto merezca un poco de explicación: una suela blanda no implica comodidad a la larga. La fricción que provoca ampollas en la planta del pie y, aunque estas ampollas se traten, la alteración de la marcha provoca lesiones más graves en las piernas. En mi caso, unas botas con la suela algo más dura surtieron efecto.

Jornada 11 / Frómista – Carrión de los Condes / 19,3 km

El ánimo de duplicar este día etapa tras el descanso del anterior se ve truncado por el temporal que, combinando lluvia, viento y coches, consigue mojar a los peregrinos por dentro y fuera. Alojados en un hostal, los peregrinos dedican mucho tiempo a secar sus enseres. Se mojó incluso el libro de Fernando Sánchez Dragó, Gárgoris y Habidis, el único lujo que me permití incluir en mi escueto equipaje.

Carrión de los Condes es un pueblo muy agradable por varias cosas, siendo una de ellas el carácter de la gente, pues este rasgo deja mucho que desear en algunos de los sitios por donde hemos pasado. Esa noche cenamos un menú del peregrino bastante razonable.

Gárgoris y Habidis se vino conmigo y pude leerlo a ratos

Jornada 12 / Carrión de los Condes – Sahagún / 39,5 km

Aunque el día anterior salió el sol por la tarde, el día comienza con amenazas fundadas de lluvia. En Lédigos adelantamos a Borjamari Piluka. La llegada a Sahagún se hace ya con día soleado y ganas de atajar por un camino poligonalmente absurdo. Esa noche dormimos en una pensión porque ya asumimos que dormir mal no forma parte de la penitencia. En Sahagún nos encontramos con Paco, su mujer y el señor del carrito.

Jornada 13 / Sahagún – Mansilla de las Mulas / 37 km

Otro día que duplicamos etapa. Vemos a Paco que se queja de tendinitis y el señor del carrito que se queja de la edad. Ellos se quedan Reliegos, nosotros seguimos una legua más:

De Reliegos a Mansilla,

una legua de Castilla.

Allí cenamos en un restaurante que minimizaba la razón calidad/precio y dormimos en un albergue bastante decente.

Jornada 14 / Mansilla de las Mulas – León / 20 km

A pesar de lo corto de esta etapa, la llegada a León se hizo interminable por la sucesión de falsos suburbios que tiene esta ciudad. Encontramos un hostal bastante céntrico y el peregrino de las botas criminales, sabiendo que no las necesitará más, se las envía por correo a casa. La chica de Mansilla de las Mulas con la que uno de los peregrinos tenía apalabrada una cita no se presentó. Sábado noche, toda la gente sale y al final tenemos que cenar en un Lizarrán tras infructuosa búsqueda de sitio en mesones típicos.

Jornada 15 / León – Astorga / 52 km

Los peregrinos, ya curtidos a estas alturas, le dan consejos a un chaval que comienza el camino en León. Engañados por las indicaciones, tomamos la variante llamada de los Francos, más larga. Ya llegando al puente de Órbigo, los caminos se reconcilian y vemos a lo lejos la penosa imagen de Paco cojeando con los bastones y el señor del carrito doblado y arrastrando… su carrito. Ellos se quedan allí, mientras nosotros decidimos continuar hasta Astorga para poner distancia de por medio. Ya no volveremos a verlos. La llegada a Astorga se alarga por seguir las indicaciones para pasar por un puentecillo dudosamente romano. Dormimos en hotel.

Moneda romana «fake» que usan en Astorga durante las fiestas

Jornada 16 / Astorga – El Acebo / 37,3 km

Nos vamos despidiendo de las llanuras mientras subimos la suave pendiente hasta Rabanal del Camino. La subida continúa hasta la famosa Cruz de Ferro donde cumplimos con el ritual de arrojar las piedras. No hacía frío como esperábamos. Continuamos hasta El Acebo, primer pueblo del Bierzo y nos alojamos en uno de los albergues más tristes que hemos conocido en compañía de una pareja del Llano del Beal. En la puerta el cartel anunciando el sorteo de Navidad. Al pasar, siento que el Calvo de la Lotería me guiña el ojo, por lo que le compro un décimo al hospitalero. No tocó.

Jornada 17 / El Acebo – Villafranca del Bierzo / 39,1 km

Bosque quemado y la posibilidad de encontrar buenos ejemplares de cuarzo lechoso camino de Molinaseca, donde desayunamos. En Ponferrada visitamos el castillo de los Templarios y continuamos el viaje atravesando huertos con calabazas gigantescas. Como en otras ocasiones, la llegada a nuestro destino se hizo pesada por la relatividad de la distancia. Un anciano nos pidió de diéramos vivas a los socialistas poco antes de llegar Villafranca del Bierzo. Cumplimos sus deseos sin demasiado entusiasmo.