Coleccionismo de «piedras»

El pasado fin de semana (7 y 8 de mayo 2022) se celebró en Cabra (Córdoba) el V Encuentro Nacional de Entidades de Ciencias de la Tierra. Naturalmente, sé que la mayor parte de la gente (hablo en términos estadísticos) no sólo desconoce que existen tales encuentros, sino que, además, desconoce lo que es una «entidad de Ciencias de la Tierra». Mi propósito aquí es dar alguna información al respecto y aclarar la relación con el título de este post: coleccionismo de «piedras».

Cartel de la «Trobada» en Cabra, a la que desafortunadamente no pude asistir.

¿Asociaciones de coleccionistas?

Las entidades de Ciencias de la Tierra son asociaciones culturales, generalmente locales, que reúnen a personas interesadas en alguna disciplina englobada o relacionada con la Geología. Muchas de estas asociaciones (al menos, de las que tengo noticia) surgen entre aficionados a la Paleontología y la Mineralogía. Pero, hay que decirlo, es muy difícil ser aficionado a estas disciplinas sin ser coleccionista de fósiles o minerales. Normalmente, la relación causa-efecto responde al siguiente esquema-historieta: al comienzo se siente fascinación por los fósiles, los minerales u otra cosa parecida; a raíz de ello comienza la colección, primando los criterios «estéticos»; a medida que aumenta la colección también se profundiza en el tema y aparecen los criterios «científicos»; al final, el coleccionista se ha convertido en un experto que disfruta conversando con otros que comparten su afición. Y así nace la «asociación». Hasta aquí todo bien ¿no?

Cada comunidad autónoma tiene su propio desarrollo normativo con ciertas diferencias… se dice que el mas duro es el de Aragón, donde doblar el lomo y hacer amago de tocar el suelo es punible.

El coleccionismo de fósiles o minerales son actividades legales, como el de sellos, monedas o aguafuertes de Goya. Sin embargo, la recolección de fósiles en España es delito, en la práctica, en cualquier situación, y la de minerales, aunque todavía no lo es, tiene muchos peros y muchos comos. Ciertamente, es muy difícil explicarle a un niño qué tiene de malo el recoger un fósil de bivalvo que aflora entre un montón de zahorra que unos obreros van a usar para relleno, pero no voy a opinar ahora sobre ese asunto cuyo verdadero meollo no reside tanto en el valor del patrimonio paleontológico como en el hecho de que Spain is different. Sólo diré que existen iniciativas a favor de cambios legislativos al respecto y quien quiera saber lo que pienso sobre el coleccionismo de «piedras» puede verlo aquí.

Saliendo del armario

Las asociaciones de coleccionismo de piedras, particularmente el de fósiles, han realizado la travesía del desierto para adaptarse al marco legal vigente. Con los mejores ejemplares cedidos por sus socios han creado museos a nivel municipal (o regional) de una calidad que no podría alcanzarse a golpe de presupuesto, sobre todo porque se trata de especímenes locales. Ejemplos de esto son los museos de Cidaris (Elche), Isurus (Alcoy) o el de la Asociación Cultural Paleontológica Murciana (Los Garres – Murcia), de la que hablaré algo más al final. La situación legal de estas colecciones es curiosa porque se encuentran «cedidas» a las asociaciones por las autoridades patrimoniales para que las conserven y las exhiban. Afortunadamente, la situación es estable porque es el modelo más barato de museo que pueden permitirse las autoridades con su exiguo presupuesto para Cultura.

Vista general del museo de la ACPM en el IES Severo Ochoa de Los Garres (Murcia). Destaca en el centro el impresionante caparazón de tortuga del Mioceno del Puerto de la Cadena.

Adaptarse a la ley tiene también mucho de dar ejemplo. Me consta que alguna entidad ha perdido miembros porque no comulgan con las buenas prácticas. Los indomables toperos que revientan yacimientos, acaparan ejemplares, especulan con ellos y sólo ven en las piedras un negocio no tienen ya cabida en las asociaciones. Esto es así desde hace más de 15 años en las entidades paleontológicas, pero aún llevamos el estigma y de vez en cuando nos siguen etiquetando de toperos. Curiosamente, hoy me ha llegado una noticia de que en las asociaciones de mineralogistas también cuecen habas. Por contra, hoy día, las entidades de Ciencias de la Tierra colaboran con las autoridades patrimoniales y científicas en la preservación y estudio de yacimientos y especímenes. Algunas, como Nautilus (La Alcarria) desarrollan una notable actividad investigadora y editora.

Recuperación de un fósil de Paleodyction en un bloque de sedimento, movido de su posición original por la construcción de un camino forestal y expuesto por una torrentera. La acción fue llevada a cabo altruistamente por la Asociación Cultural Paleontológica Murciana con el permiso de las autoridades patrimoniales.

La Trobada de Ángel Carbonell

El primer acto conjunto reuniendo al mayor número posible de entidades de Ciencias de la Tierra fue organizado por Ángel Carbonell, presidente de Isurus, en Alcoy (2015). Tengo recuerdos entrañables de aquella reunión, incluso del momento más tenso que vivimos. Durante la visita al yacimiento de La Querola en la vecina Cocentaina, al parecer, unos vecinos llamaron a la policía municipal al ver un grupo tan numeroso de personas en el lugar. La policía municipal, a su vez, avisó al Seprona (Servicio de Protección de la Naturaleza, división de la Guardia Civil) que es la autoridad competente para ese tipo de situaciones. Felizmente, las palabras de Ángel a los agentes explicando que aquella reunión era un acto científico-cultural catalizaron la vuelta a la normalidad en cuestión de minutos.

Encabezado del folleto con las actividades de la primera «Trobada».

Aquel primer encuentro fue un éxito, así que se organizaron algunos más. El último antes del COVID tuvo lugar en Cuenca. Además de visitas guiadas a yacimientos (Las Hoyas), al «almacén de dinosaurios» (Lo Hueco) y al Museo Paleontológico de Castilla-La Mancha. En un momento dado de la sesión institucional que tuvo lugar en el salón de actos del museo, una señora sale al estrado y se presenta como delegada de la SEP (Sociedad Española de Paleontología). Tras la sorpresa inicial, se sucedieron las bromas: que si aquello era una encerrona, que si el Seprona nos esperaba al otro lado de las puertas… El humor negro es una consecuencia natural tras muchos años de estigma. La señora de la SEP lo que hizo en su alocución fue elogiar el trabajo de las entidades de Ciencias de la Tierra y expresar su deseo que la colaboración entre aficionados y profesionales siguiera dando muchos frutos en el futuro.

Ángel Carbonell (izquierda) con otros miembros de Isurus.

La Asociación Cultural Paleontológica Murciana

Logo de la ACPM en mi carnet (socio nº 123)

Hace alrededor de 20 años me presenté en el museo que la Asociación Cultural Paleontológica Murciana (ACPM) tiene en Los Garres para ver los impresionantes restos de tortuga gigante, pero lo cierto es que nada allí tenía desperdicio: además de la calidad de las piezas, hay una serie de rarezas dignas de los mejores museos del mundo. El logo de nuestra Asociación incluye los dibujos de los dos fósiles más emblemáticos de la Región de Murcia: los fabulosos erizos marinos Clypeaster portentosus de Sangonera la Verde; y los ammonites fosilizados con concha (Indosphinctes choffati, aparentemente, el del logo) de Fortuna. Para mí, que mi experiencia con los fósiles se reducía a ver los que descubría la lluvia en las gredas miocenas, aquello fue una revelación. Así que me hice socio y comencé a aprender sobre la riqueza paleontológica del subsuelo murciano.

Paco Bernal examina los restos del dinosaurio de Benizar (Moratalla) en la sede de la ACPM.

Paco Bernal no es solamente el presidente de la ACPM, sino que también es su alma y oráculo. Cuando la mayor parte de nosotros se dejaba seducir por los «cantos de sirena», es decir, el entonces todavía proyecto de Museo Regional de Paleontología y de la Evolución Humana (en Torre-Pacheco), él mantuvo una postura firme sobre el futuro de la colección porque sabía que el museo regional sería un fiasco. Y efectivamente, así ha sido. Después de mucho tiempo sin poder juntarnos por las dificultades derivadas del COVID, pudimos echarnos una foto de familia que es muy significativa, porque estamos junto al equipo de excavación del yacimiento de Quibas, dirigido por Pedro Piñero, y en compañía del gran paleontólogo Jordi Agustí (casi tapado por Sangaré), reunidos junto a mi amigo el arqueólogo Ignacio Martín Lerma. Creo que esta imagen expresa mejor que las palabras el buen entendimiento y colaboración entre científicos y las entidades de Ciencias de la Tierra.

Visita de la ACPM y el equipo de excavación de Quibas a la exposición «Ancestros» sobre los neandertales en la Región de Murcia. En medio con un peluche, Ignacio Martín Lerma, organizador y guía del evento.

La verdadera historia del mamut de Caravaca

La edición de El Faro de Caravaca cuya portada tengo escaneada en Algo sobre mí, dice literalmente con respecto a los fósiles de mamut que descubrí en ese municipio “un profesor de matemáticas encontró casualmente los restos el pasado verano” (ojo, de esto ya han pasado unos cuantos años). Sin negar que todo hallazgo paleontológico tiene un componente casual importante, el titular parece obviar una parte causal no trivial de conocimiento y trabajo aportados por mí. Si algún periodista hubiera contactado conmigo en aquel momento, podría haberle contado detalles interesantes sobre cómo se produjo el descubrimiento. Quiero pensar que fue bad timing, simplemente. Que de haber existido entonces nuestra apreciada UCC (Unidad de Cultura Científica de la Universidad de Murcia), el hallazgo de los restos del mamut, el primero de su clase en la Región de Murcia, hubiera tenido la cobertura debida, sin duda, y hasta hubieran visto una foto mía… Bueno, a estas alturas ya no espero que venga nadie a preguntarme cómo de casual, o no, fue dar con esos huesos, así que ahí va la verdadera historia del mamut de Caravaca.

Durante mucho tiempo he estado frecuentando Caravaca y sus alrededores. No recuerdo como comenzó, pero pronto se convirtió en una costumbre casi semanal con su ritual: buscar piedras por la mañana; refugiarse en El 33 cuando apretaba el sol con una Franziskaner en la mano mientras le preguntábamos a Paco por las tapas del día; y después, echar un rato más por la tarde antes de volver a casa.

Piritoedros del Piscalejo en matriz (encuadre 3 cm ancho)

Lo que sí recuerdo un poco mejor es lo que me llevó a la rambla del Piscalejo: sus famosos piritoedros (cristales pentágono-dodecaédricos de pirita). Aunque se considera un yacimiento clásico, no tenía una ubicación exacta. Remontando la rambla desde el puente romano es fácil ver piritoedros oxidados (total o superficialmente) de tamaño centimétrico. Debido a la mayor densidad de la pirita, los piritoedros arrastrados por las lluvias tienden a acumularse en ciertos rincones entre los riscos del cauce. Un día mientras un amigo y yo escudriñábamos las piedras con claro afán, pasó un pastor con su rebaño y nos dijo (más bien gritó) «¡Neneh! ¿Ejtaih bujcando eso que son como hierro con picoh? Pos’eso eh mah pa’rriba, allá en lo salitreh». Esas palabras fueron para nosotros como una revelación. Me explico, lo que dijo el pastor convenientemente traducido fue lo siguiente «¡Chicos! ¿Estáis buscando piritoedros? Debéis ir rambla arriba, a las margas yesíferas del Keuper». Después de aquello comencé a recoger mejores piritoedros, pero eso es otra historia.

La primera esquirla de hueso encontrada en el Piscalejo

Volví muchas veces después a la rambla del Piscalejo. Una mañana luminosa paseando por sus meandros, en una de las graveras encuentro una esquirla de hueso fósil pulida por la erosión. ¿Cómo se reconoce el hueso fósil? Sin duda, lo mejor es haberlo visto antes porque tiene un aspecto muy característico dado por la parte mineral (fosfato cálcico) cuando desaparece la parte orgánica (colágeno). Es un lustre muy particular, independiente del tono, que no es necesariamente «color hueso». Otro test consiste en comprobar si el posible hueso fósil se pega a la lengua, cosa que pasa con los fragmentos del Piscalejo. No recomiendo hacer esta prueba de manera sistemática por tres motivos. En primer lugar, porque es repugnante en el caso que el hueso no sea fósil. En segundo lugar, porque no siempre funciona. A veces, los poros que deja la desaparición del colágeno, motivo de la adherencia lingual, son rellenados por algún mineral, que de paso proporciona al fósil mayor densidad y resistencia. Y en tercer lugar, los huesos que se han fosilizado en sedimentos procedentes de la meteorización de rocas plutónicas (no es el caso en Caravaca) tienen cierta tendencia a concentrar uranio… mejor no pasar la lengua.

Huesos aflorando por la erosión del agua

La aparición de la esquirla de hueso fósil me puso en alerta. Seguí mirando al suelo y al cabo de un rato remontando la rambla encontré una segunda. Luego una tercera, y así sucesivamente… como Pulgarcito, me encontré siguiendo un rastro que me condujo a un lugar en el que la rambla corta un sedimento de tono claro y apariencia estéril. Más arriba ya no aparecían esquirlas así que ahí debía de estar el origen de éstas. En una oquedad excavada por el agua, sobresalía una roca de apariencia extraña, que para ver mejor tuve que tirarme al suelo. Viendo que eran huesos, parecía que había llegado a la fuente de las esquirlas. Una inspección más detallada reveló que la zona donde aparecían restos de huesos era un poco más extensa que la oquedad incluyendo parte del talud. Trato, sin éxito, de localizar algún hueso característico que dé información sobre la especie. En su lugar, tomo una «pelota de hueso» que estaba levemente adherida a la pared por algo de barro. Unos días después se la enseño a D. José María Vázquez Autón, catedrático de Anatomía Veterinaria de la Universidad de Murcia que tras observar la pieza dijo varias cosas muy interesantes: 1) se trata de una cabeza de fémur; 2) por el tamaño el animal debía ser bastante más grande que un caballo; 3) la superficie rugosa del hueso indicaba que el animal estaba todavía creciendo en el momento de su muerte, es decir debía ser un juvenil, como mucho. Volví a Caravaca a inspeccionar el terreno donde aparecieron los restos. Ganando un poco de altura sobre la rambla observé que los terrenos blanquecinos se continuaban, sin la más mínima discordancia, en los conglomerados rojizos del glacis que forma el suelo primitivo que la rambla erosionó. Esto me permitió adscribir el sedimento a un periodo lacustre en el Cuaternario. Por otra parte, la ausencia de otros fósiles en el sedimento me hizo pensar que la laguna debía ser excesivamente salina para la vida, posiblemente por la removilización de sales del Keuper.

Suave transición del sedimento lacustre a los conglomerados continentales

Vertebrado terrestre, tamaño enorme y era geológica apuntaban a un elefante. Quizás un mamut de los que convivieron con los primeros humanos que habitaron estas tierras… Con toda esta información me dirigía a D. Miguel Ángel Mancheño, profesor de Geología, que en aquel momento estaba más centrado en la Paleontología con motivo de la puesta en marcha de las excavaciones de la Sierra de Quibas. Fuimos a visitar el yacimiento con Juan Abel, su estudiante, quien posteriormente se ocuparía del trabajo más pesado. A partir de ese momento toda la gestión del hallazgo quedó en manos del profesor Mancheño. Yo me acerqué en distintos momentos a ver si aparecía la cabeza del animal. Tenía la corazonada de que debía de estar enterrada allí todavía porque entre las esquirlas de la rambla nunca había encontrado restos de molar. Pero no hubo suerte.

Con Juan Abel por la rambla del Piscalejo

Los trabajos se llevaron un tiempo porque Juan Abel sólo podía trabajar en fines de semana. Así que de las imágenes veraniegas de las prospecciones pasamos a la primera nevada del año.

El Piscalejo nevado con la caja conteniendo la «momia» a la izquierda

Una buena porción de sedimento conteniendo unos cuantos huesos en conexión anatómica (vértebras, parte de pelvis…) fue preparada para su transporte en un cajón, como una momia en su sarcófago. El peso y el tamaño de la momia hacía difícil su transporte seguro hasta la pista forestal donde el Nissan Patrol de la Universidad podía llegar. El profesor Mancheño consiguió los servicios de un helicóptero de Protección Civil. Así que el mamut (o lo quedaba de él) salió volando de la rambla del Piscalejo, pero no exactamente como Dumbo.

Imagen histórica…

La investigación de los restos dio lugar a un artículo, y la momia, una vez preparada y consolidada fue expuesta un tiempo en el vestíbulo del Museo Arqueológico Regional. Ahora se conserva en un almacén de la Comunidad Autónoma a la espera de que alguna vez se ponga en marcha el Museo Regional de Paleontología en Torre-Pacheco… ¿Recuerdan el final de En busca del arca perdida de Indiana Jones? Mismamente. The End.

Fin de fiesta