Neandertales

Neandertales, ilustración de Z. Burian tomada de «Encyclopédie illustrée de l’homme préhistorique» de Jan Jelínek, Gründ (1989).

Tenía pensado escribir sobre los neandertales en algún momento, pero esperaba antes ponerme al día sobre los más recientes descubrimientos y hacer un post algo más presentable. Evidentemente, por mucho interés que pueda tener en los neandertales, no me dedico profesionalmente al tema. Sin embargo, una serie de “señales” me ha indicado que el momento es ahora. Acaba de fallarse el premio Nobel de Fisiología/Medicina a favor del sueco Svante Pääbo por sus investigaciones sobre ADN de homínidos extintos, en particular, por haber secuenciado el genoma neandertal.

Michael Walker, Ignacio Martín Lerma y Luis de Miquel, en un momento del homenaje al primero realizado en el Museo Arqueológico de Murcia.

Además, hoy mismo recibe un homenaje Michael Walker, profesor jubilado de la Universidad de Murcia y director durante muchos años de las excavaciones en la Sima de las Palomas (Torre Pacheco), uno de los principales yacimientos neandertales de la Península Ibérica. En fin, yo veo señales claras para escribir este post, timing perfecto… otros podrían ver oportunismo. El caso es que las informaciones sobre los neandertales son últimamente tan frecuentes que lo más difícil, a estas alturas, es ser original.

¿De qué hablamos?

Homo neanderthalensis (más tarde nos ocuparemos de la hache) es una especie extinta de seres humanos que vivió entre 300.000 BP y 30.000 BP, redondeando un poco, en lo que actualmente es Europa y una buena parte de Asia incluyendo Oriente Medio. Nota: BP indica años before present, es decir, «antes del presente», pero presente aquí es el año 1950 por convenio, lo que viene a ser cambiar la referencia de la fecha de nacimiento de Nuestro Señor por la de los baby boomers cuando se indican acontecimientos pasados. En relación con los Homo sapiens, es decir, los humanos modernos o nosotros, los neandertales eran en general más robustos y estaban mejor adaptados al clima frío, ya que prosperaron durante la última glaciación.

Clásico libro de Obermaier en su edición de Ed. Istmo (1985). El libro original es de 1925, por lo que es fácil encontrar diferencias respecto al tratamiento actual de los neandertales.

Viene ahora el momento de poner los puntos sobre las íes. Una especie, en el sentido biológico de la palabra, puede presentar una gran variabilidad geográfica y temporal (más de 250 Ka) por lo que la definición de neandertal es delicada, como la de cualquier otro organismo extinto. Más aún, afirmar que los neandertales son (eran) otra especie puede resultar algo excesivo porque hay constancia de hibridación fértil con H. sapiens: nosotros mismos, los europeos, somos neandertales en una pequeña proporción de nuestros genes. Finalmente, mientras que el límite superior del intervalo temporal es discutido en relación con la definición de neandertal, el límite inferior va reduciéndose a medida que se hacen nuevos hallazgos. Actualmente se han datado restos neandertales en 28.000 BP. Al parecer, la Península Ibérica es el último reducto de H. neanderthalensis.

Árbol filogenético de la estirpe humana, tal como se concebía hace algunos años. Tomado del libro «Los neandertales» de Antonio Rosas, CSIC (2010).

Tradicionalmente se ha pensado que los neandertales evolucionan de las primeras poblaciones que migraron a Europa desde África llevando consigo la tecnología del bifaz. Al parecer, en primer lugar llegaron a Europa homínidos sin esta tecnología, como el hombre de Orce o el grupo de Dmanisi, y en una segunda oleada llegaron los H. heilderbergensis con sus flamantes bifaces. Sin embargo, ahora hay algunos investigadores que quieren situar el origen de los neandertales en una migración post-Achelense, lo que a mí me deja particularmente descolocado… No entraré en ese tema, por lo menos hasta que lea los argumentos a favor de dicha teoría.

Arqueología de los neandertales

Industria lítica típica musteriense, tomado de «Outils préhistoriques» por Jean-Luc Piel-Desruisseaux, Ed. Dunod (2002).

En lo que respecta a Europa (y parte de Asia) hay una identificación entre neandertales (especie humana), Paleolítico medio (periodo de la prehistoria) y musteriense (tecnología lítica). Los neandertales desarrollaron también una forma particular de talla llamada Levallois consistente en la preparación de facetas de la futura herramienta antes de separarla del núcleo. Espero que el siguiente dibujo ayude a entender mejor la explicación.

La pieza representada abajo (vista superior e inferior) es la que se ha extraído arriba, pero ligeramente ampliada. Ilustración de «Encyclopédie illustrée de l’homme préhistorique» citado arriba.

Mientras que los fósiles humanos proceden principalmente de cuevas y rellenos de simas (con las condiciones adecuadas para la conservación de nuestros frágiles huesos), las piezas musterienses, en sílex o cuarcita, pueden encontrarse mucho más repartidas: laderas de montes con covachas, lugares de paso como las ramblas, antiguos manantiales (hoy desecados) donde acudían a beber… En particular, en la Región de Murcia ese tipo de hallazgos no son extraños: los neandertales se pasearon por todas partes tallando y abandonando sus útiles de piedra. Una pieza musteriense aislada que podamos encontrar en el campo no constituye un yacimiento, al igual que una golondrina no hace verano, pero es muy recomendable contactar con un experto para que realice una valoración.

Una mirada escalofriante desde el pasado: rostro neandertal embutido en toba procedente de la Sima de las Palomas (Torre Pacheco).

Desde hace poco más de una década, la posibilidad de recuperar ADN de los restos neandertales preservados en ciertas condiciones de humedad y temperatura, hace que haya que extremar las precauciones para no contaminar las muestras. Muchos arqueólogos acuden a sus excavaciones vestidos como los médicos que tratan a un enfermo ébola. Otra línea de investigación muy interesante es la de establecer y documentar la convivencia entre especies, neandertales y sapiens. Para ello se excava en cuevas y abrigos con presencia de útiles musterienses y del Paleolítico superior, en principio, causados por ocupaciones sucesivas, pero prestando especial atención al momento de transición. Ejemplos de esta doble ocupación son los abrigos de Rambla Perea (Mula) excavados por el equipo de Joao Zilhao, o la Cueva del Arco (Cieza) cuyas campañas dirige mi querido amigo Ignacio Martin Lerma, aunque aún no se ha establecido la cohabitación entre especies en dichos yacimientos.

La evolución de un paradigma

Charles Darwin publicó su «El origen de las especies» en 1859. Desde ese momento, los científicos estuvieron especialmente receptivos a cualquier fósil que pudiera servir como eslabón perdido entre el simio y el hombre. El primer resto óseo en desempeñar ese papel fue una peculiar bóveda craneal encontrada tres años antes en una cantera cerca de Düsseldorf (Alemania) que inicialmente se había interpretado como una malformación en un humano moderno. Después se sumaron otros hallazgos, como el cráneo Forbes encontrado en Gibraltar por la misma época.

Bóveda craneal encontrada en la cantera de Feldhofer, en Neanderthal, cerca de Düsseldorf. Éste fue el primer fósil adscrito a un antepasado del hombre moderno.

El nombre neandertal se toma de Neanderthal, literalmente “valle de Neander” en alemán, en donde estaba la cantera en la que aparecieron los restos. A su vez dicho topónimo es en honor al músico y religioso Joachim Neander, cuyo apellido familiar original era Neumann, literalmente “hombre nuevo”. El cambio estético del apellido no altera el significado, sólo que ahora debemos acudir al diccionario de griego. Señalemos que el nombre equivalente Neandro existe en castellano. Finalmente, la h se pierde en la reforma ortográfica del alemán a principios del siglo XX, siendo actualmente valle “das Tal”.

Así que, etimológicamente resumiendo, neandertal es el valle del hombre nuevo, una denominación sumamente oportuna. No mucho tiempo después y también en Alemania, Friedrich Nietzsche anunciaría la muerte de Dios y el advenimiento del superhombre… creo que me estoy desviando del tema. Volviendo a los restos humanos, señalemos que el cráneo Forbes es recuperado por el teniente Edmund Flint, siendo “flint” la palabra inglesa para sílex, el material favorito de los neandertales ¿Casualidad o conspiración? Lo dejo ahí, esperando haber arrancado alguna sonrisa 🙂

Lámina del libro de Ciencias Naturales de 3º de Bachillerato de la editorial ECIR (1965), por R. Verdú Payá y E. López Mezquida. La idea está bastante clara…

Las primeras representaciones de los neandertales, llamados en aquel tiempo hombres de las cavernas, son simiescas. La causa de esto la encontramos en la incorrecta interpretación de los huesos de individuos ancianos junto con no pocos prejuicios. Una de las imágenes cinematográficas de los neandertales que ha dejado más huella es, sin duda, La guerre du feu, con la memorable interpretación de Ron Perlman (dicen las malas lenguas que iba sin maquillar). En las últimas décadas, las reconstrucciones físicas basadas en evidencias anatómicas han avanzado mucho. Si se añade, además, la interpretación del genoma en términos de características físicas y los descubrimientos arqueológicos en lo que respecta a estética y adornos de los individuos, la imagen de los neandertales cambia radicalmente.

Recreación de una chica neandertal en un lecho de pieles, por Tom Björklund. Después de contemplarla, a algunos de mis amigos la hibridación entre especies ya no les parece una idea tan descabellada.

Otro de los vuelcos de paradigma ocurridos en la última década es el reconocimiento de pensamiento simbólico y arte parietal en los neandertales. Hasta hace relativamente poco se les negaba algunas de las características que los sapiens solemos decir que nos hacen más humanos. Todo empezó con el descubrimiento de objetos puramente ornamentales y pigmentos, en Cueva Antón (Mula) y la Cueva de los Aviones (Cartagena). Después se han descubierto círculos realizados con espeleotemas en lo más profundo de una gruta francesa (Bruniquel) y se ha datado en fechas del Paleolítico medio unas pinturas esquemáticas realizadas en la Cueva de Ardales (Málaga). Por si fuera poco, en algunos enterramientos neandertales se han descubierto pólenes (el polen es extraordinariamente resistente en contexto arqueológico) de plantas cuya explicación más plausible es la realización de ofrendas florales a los difuntos. ¿A qué ya no nos parecen tan brutos los hombres de las cavernas?

Cuéntame un cuento

Se han propuesto muchas explicaciones para la extinción de los neandertales: cambios climáticos, enfermedades, exterminados por H. sapiens (o sea, nosotros)… Otro motivo que si bien no sería una causa en sí mismo sino que añadido a los anteriores dejaría a H. neanderthalensis en una situación más desfavorable respecto a H. sapiens es una de las tesis expuestas en el libro «Sapiens» del pensador israelí Yuval Noah Harari.

Portada del million seller de Harari.

La idea principal posiblemente sea anterior a Harari, pero no he podido rastrearla. Básicamente sostiene que los grupos de H. sapiens están más cohesionados que los de H. neanderthalensis porque tienen la capacidad de contar historias, de crear mitos, de fabricar dioses. Mirando al pasado reciente podemos poner ejemplos de muchedumbres de personas capaces de acometer grandes proyectos, para bien o para mal, porque siguen una idea materializada en un libro: La Biblia, El Corán, Mein Kampf… De la misma manera, en el pasado remoto los grupos de sapiens se organizaron alrededor de unos mitos y creencias. Eso les permitió superar las situaciones en las que los neandertales sucumbieron.

Pero la capacidad de contar historias, o fabricar mitos, tiene que ver con las características del lenguaje en el que se realiza la comunicación. Éste debe ser recursivo en el sentido definido por Noam Chomsky, es decir, el lenguaje debe admitir “estructuras anidadas” exactamente como hacen los narradores en una novela para contar lo que dicen los personajes, o el diccionario para poner ejemplos de la palabra que acaba de definir. Un idioma más sencillo, plano por así decirlo, puede servir para organizar una cacería en grupo o decir dónde hay agua o fruta, pero no permitiría planificar a medio o largo plazo.

Grupo de arqueólogos del Paleolítico medio, no ellos sino su objeto de estudio… Joao Zilhao con sombrero, e Ignacio Martín Lerma a la derecha (realmente, tendría que haber puesto la foto un par de secciones más arriba…).

La teoría es atractiva, sin duda, pero no la comparto. Yo creo que los neandertales tenían un mundo simbólico profundo y eso es difícil de llevar sin un lenguaje complejo y recursivo. Además de las evidencias aportadas en la sección anterior, mi particular interpretación de algunos útiles líticos me permite afirmar que, incluso, Homo heidelbergensis hacía juguetes para sus niños y tenía sentido del humor. Bueno, esto lo digo yo que no soy un profesional de la Antropología… pero tampoco estoy limitado por los paradigmas imperantes. Espero que en algún momento no muy lejano, llegue a estas mismas conclusiones la ciencia oficial (o mainstream scholars, como diría Giorgio A. Tsoukalos, uno de mis magufos favoritos).

Algo de lectura

He mencionado unos cuantos libros, pero en un tema como éste se quedan obsoletos en cuatro días, con la excepción de los que tratan de industria lítica (aquí no suele haber sorpresas).

En primer lugar, «Los neandertales» de Antonio Rosas, investigador del CSIC y del Museo Nacional de Ciencias Naturales. Conocí a Antonio Rosas durante el breve tiempo que estuvo vinculado al yacimiento paleontológico de Quibas (Abanilla). Su librito da un panorama muy resumido de lo que se sabía, o se pensaba, alrededor de 2010. Mucho más reciente y extenso es el best seller de Rebecca Wragg Sykes «Neandertales» . Estoy seguro de que con él resolveré un buen puñado de mis lagunas sobre los descubrimientos más recientes en materia de neandertales, pero voy leyendo muy despacio (son más de 400 páginas).

Tres libros amenos sobre los neandertales, cada uno en su estilo.

Una de mis recomendaciones para el verano fue el libro «La prehistoria en la mochila» de Ignacio Martín Lerma publicado este mismo año por Aguilar. Como ya lo he leído, haré una breve reseña.

En forma de una vuelta a la Península Ibérica, un joven neandertal llamado Sepik visita distintos lugares que hoy día son destacados yacimientos arqueológicos buscando una nueva zona en el que poder establecerse con su clan. Sin embargo, en todos los lugares por donde pasa las comunidades están igual de mal o peor. Cuando regresa a Cieza en compañía de Omati, una cromagnona de la que se ha enamorado, no puede ofrecerle a su clan un nuevo hogar, pero sí que puede enseñarles formas alternativas de explotar los recursos a su alrededor gracias a todo lo que ha aprendido durante su viaje.

Pala para mayonesa” del Abric Romaní, reconstrucción basada en el molde que dejó la pieza original de madera.

Con alguna licencia literaria, como el uso de leguaje recursivo por parte de los personajes, Martín Lerma logra integrar en su relato todas las peculiaridades de cada uno de los yacimientos visitados, incluida la “pala para mayonesa” del Abric Romaní, el dramático canibalismo en El Sidrón, o la bellísima interpretación de las manos de Maltravieso. Ojo, otro spoiler: los malos del libro son los neandertales del Boquete de la Zafarraya. Espero que esto último no les siente demasiado mal a mis amigos de la Axarquía, Amalia y Juan.

Epílogo

Hemos visto que, al final, los neandertales no eran muy distintos de nosotros. El mestizaje entre neandertales y sapiens, establecido por el análisis de los genomas, ha permitido que podamos verlos incluso como nuestros antepasados. Puede que la especie, o estirpe, neandertal haya desaparecido, estrictamente hablando, pero una parte de ellos sigue viviendo en nosotros.

Mi YO hipster-neandertal. Imagen generada por un software en el Museo de Historia Natural de Viena, en 2020.

Paisajes de la Prehistoria

En la búsqueda de yacimientos prehistóricos, la clave es mirar el paisaje tal y como lo vería un primitivo morador. Para empezar, hay que ignorar toda la alteración antrópica: ciudades, carreteras y cultivos ya no existen para nuestros ojos. Hay que pensar en términos de recursos, protección y vías de comunicación entre ellos. Y hay que añadir, además, la vegetación acorde al clima reinante y posibles variaciones orográficas si es que retrocedemos mucho en el tiempo. ¿Dónde nos instalaríamos? Realmente, hay más lógica en las ubicaciones de los antiguos asentamientos que en las de los contemporáneos. En efecto, hoy no sólo se construye de espaldas a la naturaleza, sino desafiándola. Así que luego pasa lo que pasa cuando cae una gota fría… Hablar de lo mal que se hacen las cosas hoy día daría para otro tema. Ahora sólo quiero hacer unas reflexiones sobre los paisajes de la Prehistoria.

Efectos de una riada la urbanización Camposol en Mazarrón (foto publicada en La Verdad). Esto nunca hubiera pasado en un poblado Argárico.

Cuando el ser humano cambia la actividad de cazador y recolector nómada para ser ganadero y/o agricultor asentado (desde el Neolítico en adelante) se experimenta un cambio fundamental: la posibilidad de acumular bienes, sobre todo los estacionales. Esto es el comienzo de la noción de riqueza y, quizás también, de propiedad privada. Los ajuares en las tumbas son una manifestación de la importancia que se tuvo en vida. Pero con las ganancias aparecen a la vez los enemigos de lo ajeno, tanto en pequeña escala como al por mayor. La respuesta a esta situación es la aparición de un nivel superior de organización de las sociedades a la que llamamos “estado”. Los poblados se disponen de manera que sea más fácil defenderlos de los ataques. Para esto se eligen lugares idóneos: promontorios, amesetados o con una suave pendiente orientada hacia el sur. Si es posible, también en las inmediaciones de un río y de tal manera que el agua, además de cercana, sea parte de su barrera defensiva.

Reconstrucción del poblado fortificado de La Bastida (Totana), defendido a la izquierda por el cañón excavado por el río (rambla de Lébor) y a la derecha por una muralla (imagen UAB).

Aunque los ejemplos de este tipo son innumerables, quiero mencionar aquí el yacimiento de La Bastida (Totana) que se está revelando como uno de los asentamientos más importantes en Europa en la Edad del Bronce. Una de las cosas más simpáticas sobre las investigaciones llevadas a cabo por la UAB en el yacimiento es el fuerte sesgo de materialismo histórico que impregna los artículos y los comunicados de prensa, que nos hablan del comienzo de las profundas desigualdades sociales mantenidas por medio de la violencia institucionalizada. Esta peculiar interpretación de unas ruinas revive, aunque sea por omisión, el mito de la Edad de Oro, cuando la fraternidad humana se entendía en la Lengua de los Pájaros (o de Adán), mucho antes de que todo se fuera a la porra con Babel. Parece, pues, que no es incompatible llevar a las excavaciones arqueológicas el Libro Rojo de Mao con tener una visión cándida de la naturaleza humana y empeñarse en considerar como una anomalía todo lo que es normal.

Montefrío (Granada), ejemplo de ocupación persistente de un emplazamiento ideal.

Volviendo a los promontorios como lugares de asentamiento, las excelentes condiciones que ofrecen han sido apreciadas a lo largo de las épocas. Así es frecuente que después de poblamientos en Neolítico o Edad de los Metales, hayan tenido ocupaciones romanas, medievales (castillo) o incluso sigan siendo usados en tiempos contemporáneos. En este último caso, los vestigios prehistóricos quedan sepultados bajo el pavimento y los edificios. También, al desaparecer las amenazas y con el aumento de la población, la urbanización se expande hacia las llanuras, pero el promontorio en el que todo empezó sigue siendo claramente reconocible. Siempre hay excepciones, nótese que la ciudad de Molina de Segura (Murcia) no “emana” de la urbanización Altorreal ni hay ruinas bajo el campo de golf (hay que conocer el lugar para entender el chiste, désolé).

Cabezo Negro (Lorca), con ocupaciones desde el Paleolítico Medio al Bronce.

Cuando la ocupación no ha persistido hasta la actualidad y el asentamiento fue abandonado siglos atrás, por la ladera se superponen restos de distintas épocas y culturas revueltos por la erosión. Por poner un ejemplo, en un asentamiento cerca de El Cañarico, junto a los cimientos de una torre medieval islámica aparecen restos de cerámica sigillata romana y argárica. Restos de tres ocupaciones espaciadas por intervalos de más de un mileno. Puede ser muy difícil convencer a alguien menos experimentado que un trocito de tiesto aparecido entre otros residuos tiene 4000 años de antigüedad, o que un cacho de cerámica con un esmalte verde la hizo un árabe del s. XIII. Reconozco que me gustaría saber más sobre este aspecto porque tengo lagunas en unos cuantos siglos  😕

Peña con orientación sur (Lorca), emplazamiento ideal según los criterios del Paleolítico Superior y Epipaleolítico.

Montamos en la máquina del tiempo y retrocedemos hasta hace unos 20 Ka. Estamos en pleno Paleolítico Superior. La mayor parte de asentamientos se realizan al abrigo de covachas, peñas o cejos, orientados hacia el mediodía para protegerse de los vientos helados del norte. Si la pared rocosa es demasiado vertical, añaden una “marquesina” de palos y cubierta vegetal para protegerse de la lluvia. El hogar, funcionando de manera casi ininterrumpida impregna de ceniza toda la ladera… Hacía más frío que ahora, en los últimos coletazos de la glaciación Würm. Estos asentamientos no eran permanentes porque los animales migraban estacionalmente y la tierra ofrece sus frutos según momento y altitud. Por eso es frecuente encontrarlos junto a las grandes rutas naturales, lo que ahora llamamos cañadas, y por las que discurren los últimos vestigios de la trashumancia. En el asentamiento, con un sol que apenas calienta, un cazador experimentado toma un trozo de carbón y sobre la roca esboza un uro. Así les explica a los más jóvenes dónde hay que clavar la lanza para que el animal caiga muerto en el acto, porque no hay nada más peligroso que un uro herido.

Cejo con covachas, típico emplazamiento de Paleolítico Superior y Medio. Las covachas, previa construcción de un muro, han sido aprovechadas como corrales por pastores.

Aunque los neandertales no eran antepasados directos, la forma de vida del Paleolítico Medio no debía ser muy distinta de la del Paleolítico Superior. De hecho, en muchos lugares se superponen los restos de unos y otros, aunque todavía no se ha probado que llegara a haber convivencia. Así que mejor continuamos nuestro viaje al pasado y nos plantamos hace 500 Ka, Paleolítico Inferior. En ese intervalo de tiempo el paisaje sí que ha cambiado mucho. Lo que antes fueron llanuras, ahora son barrancos y cárcavas. Hay cierto empeño en Murcia en llamar a este proceso desertificación, pero la verdad es que esos erosionables materiales margosos (casi siempre miocenos) son demasiado pobres para mantener un árbol, o incluso, un modesto esparto. La dinámica erosiva, espoleada por la bajada del nivel del mar durante la glaciación, nos regala estos paisajes peculiares. Pero también se lleva los escasos vestigios de los habitantes de aquel tiempo que, instalados junto a un río o laguna, seleccionaban cantos rodados para tallar bifaces. Cuando miramos este paisaje, tenemos que imaginarnos la llanura original, de la que las cimas de algunos cerros conservan pequeños reductos.

Cárcavas (badlands) en Mioceno cerca de Librilla (Murcia). El nivel correspondiente a la antigua llanura ha desaparecido casi completamente. No obstante, los materiales son muy interesantes por su riqueza en vertebrados de hace 7 Ma.

El panorama es distinto si en lugar de quedarnos en la cuenca mediterránea, donde la erosión ha sido atroz los últimos cientos de miles de años, nos vamos a la meseta. Allí los ríos, que vierten en el Atlántico, han conservado mejor el sedimento depositado en los periodos interglaciares en forma de terrazas fluviales que se corresponden de manera aproximada con suelos de distintas etapas de cuaternario. Las más antiguas son las que están a mayor altura respecto al cauce actual. También las llanuras meseteñas, como La Mancha, funcionan de manera prácticamente endorreica, es decir, el agua de lluvia se estanca en lagunas (navas) o fluye muy lentamente. En este caso la erosión es despreciable y las piedras del suelo apenas se han movido de su sitio en 1 Ma. No sólo los artefactos del Paleolítico Inferior se quedan allí, sino cualquier cosa que caiga al suelo, desde una moneda del s. XIX hasta un meteorito. Cuando estéis en La Mancha, pensad que hace 300 Ka era similar en vegetación y fauna al Serengueti, pero hace apenas 50 Ka se parecía más a la estepa siberiana.

En un lugar de La Mancha, donde los arados remueven los artefactos dejados por Homo erectus.

Espero que estas reflexiones os ayuden a mirar el paisaje con otros ojos.

La llanura contemplada desde una covacha en un promontorio.

Almadén, la mina

Almadén, la mina… Un pleonasmo o tautología para comenzar, puesto que la palabra árabe de la que deriva Almadén significa “la mina” (reflexionad un momento, con la etimología en la mano, sobre el comienzo de la frase que sigue). La mina de Almadén es uno de esos santos lugares de la mineralogía a los que me referí hace cuatro semanas (o posts), porque es el lugar de la corteza terrestre donde se ha concentrado la mayor cantidad de mercurio. Se estima que la mina de Almadén (ojo, la mina, en singular) ha producido un tercio del mercurio mundial.

Tere fotografiando las «garrafas» de hierro en las que se transportaba el mercurio, museo del Parque Minero de Almadén.

Tras más de veinte siglos de explotación casi continua (hasta 2003), sigue siendo el lugar con más mercurio del planeta. Si no fuera suficiente, en la cercana localidad de Almadenejos también se explotó el mercurio y hasta manaba líquido por el suelo. Siendo tan grandes las reservas de mercurio, el cese de la minería tiene su principal motivo en las políticas para restringir el uso de este metal debido a la toxicidad de muchos de sus compuestos. Insisto, ciertos compuestos, porque ahora puede parecer un milagro que mi generación haya sobrevivido a las desinfecciones de heridas con mercromina, a los empastes dentales de amalgama y, sobre todo, al juego con las gotitas de mercurio de los termómetros rotos.

Frasquito con mercurio que se solía entregar como recuerdo a los visitantes de la mina.

El mercurio se encuentra en Almadén mayormente en forma de cinabrio, un sulfuro de intenso color rojo usado como pigmento en la antigüedad. También hay diseminado en la roca mucho mercurio nativo. La palabra misma “cinabrio” nos llega sin apenas cambios del griego, y quizás sea incluso más antigua. El cinabrio puro tiene una densidad de 8,17 g/cm3, superior a la de la plúmbea galena, y que es impresionante para una piedra roja con cristalitos translúcidos. A veces le pido a los visitantes que comprueben la gran densidad del cinabrio sopesando una pieza con la mano. Cuando les digo que el peso se debe al mercurio contenido, dejan la piedra con aprensión. Yo suelo “tranquilizarlos” diciendo «no te preocupes, tu cuerpo recibirá más mercurio de una rodaja de emperador a la plancha o de un tartar de atún que de esta piedra»

Cinabrio (rojo) impregnando cuarcita (negra).

Conservo desde la infancia un fragmento de la clásica cuarcita negra de Almadén impregnada de cinabrio que le regalaron a mi padre en Madrid, su último destino laboral, porque sabían que a su hijo le gustaban las piedras. Me la entregó con la misma advertencia que le dieron a él: nunca tocar los objetos de oro con ella. Aunque no sé hasta que punto el mercurio líquido o volátil puede formar amalgama con el oro a temperatura ambiente, sigo respetando escrupulosamente el consejo.

Cinabrio puro, esta vez lo oscuro no es cuarcita.

He estado varias veces en Almadén. La primera en 1989, al comienzo de mis estudios en la universidad. Entablé amistad con un estudiante de Ciudad Real que me invitó a pasar unos días en su casa. Casualmente, su familia conocía a alguien en la mina y me concertó una visita. Recuerdo llegar a Almadén en tren una tarde fría y lluviosa. Al salir de la estación me esperaba un coche de la empresa minera. No recuerdo mucho del paseo por las instalaciones, tras el cual recogí unas muestras de mineral bajo la lluvia. Años después, ya en este siglo y en mi coche, volvía a pasar por Almadén. Un guarda nos permitió recoger algunas piezas de un acopio cercano, pero en esa ocasión mi mano ya estaba entrenada para buscar el cinabrio puro (filoncillos en la roca de caja, bandeados por un silicato).

Cristal de cinabrio, con gotitas esféricas de mercurio nativo.

Casualidades de la vida… había quedado en la famosa Venta El Descargador de La Unión con “El Robles” para visitar la mina de Los Pajaritos, y se presenta con un señor que podría pasar por Don Quijote que también viene a picar cuarzos. Resultó ser Fernando Palero, el ingeniero de minas encargado del acondicionamiento de las galerías históricas de la mina de Almadén para su uso turístico tras el cese de la minería. Con él realicé una visita inolvidable, pasando por túneles que databan del s. XVII todavía sin desescombrar, con el malacate del Baritel de San Andrés tal como lo dejaron hace siglos. Después me llevó al último acopio de mineral que quedaba y partimos a mazazos algunos bolos en busca de cristales de cinabrio.

Malacate en el Baritel de San Andrés, tal como se puede ver ahora.

La última vez que visité Almadén fue en 2019 como parte de una excursión organizada por mi querido Paco Guillén para los alumnos del Curso de Patrimonio Geológico en la Universidad de Murcia, a la que también podían apuntarse los amigos hasta completar el aforo. El Parque Minero de Almadén ya estaba abierto a los visitantes, así que hicimos el recorrido turístico tal como está montado, que incluye bajada en jaula y salida en trenecito. La visita es muy recomendable, pero no esperen recoger muestras de cinabrio: ya no se puede.

Bajando del trenecito tras la visita a las galerías.

Hay mucha historia en Almadén, tanto en la mina como en el pueblo. No hablaré aquí de los forzados que no volvían a ver el sol en su vida… eso es fácil de encontrar en Internet. Menos conocido es el asunto de las berenjenas. Cuando a alguien de Almadén se le pregunta por berenjenas, siempre responde diciendo que las suyas son mejores que las de Almagro. Quizás esta rivalidad entre las villas se remonte la época del renacimiento, cuando las ganancias de la mina de Almadén eran invertidas por sus arrendatarios, los Fugger (Fúcares, para los habitantes de entonces), en embellecer Almagro.

Castillete metálico en lo que es ahora el Parque Minero.

Para acabar, un hallazgo sorprendente en el corazón de la Región de Murcia. Paseando por lo que debió ser un asentamiento prehistórico cerca de Ricote, un amigo que siempre tuvo mejor vista que yo, recogió una piedrecita de poco más de un 1 cm que resultó ser cinabrio impregnando una cuarcita grisácea. Por motivos de primer curso de Ciencias Geológicas, la china no procede de los alrededores. Y la paragénesis nos dice que es bastante plausible que provenga de Almadén, de un tiempo remoto en el que el cinabrio era solamente un pigmento.

Cinabrio de Almadén (?) llegado a Ricote en la Prehistoria (?).

Puñales volando

La otra mañana de camino a la universidad, Tere, que va poniéndose al día con la prensa en el móvil, me pregunta por el Homo bodoensis. Le digo que es la primera noticia que tengo, lo que me extraña, porque, aunque no recuerdo las cronologías y la presunta filogenia de los distintos linajes considerados humanos, al menos me suelen sonar los nombres. Al parecer, la especie se propuso hace apenas un mes basada en un nuevo estudio de unos fósiles encontrados hace más de cuarenta años adscritos a inicialmente a Homo heidelbergensis (nombre quizás demasiado germánico para unos restos encontrados en África). La noticia de una nueva especie puede sonar como algo inocente para muchas personas. Yo, en cambio, puedo ver los puñales volando

Puñal táctico ruso, diseñado con un único fin

La Ciencia está lejos de ser homogénea en cuanto a su funcionamiento: en Matemáticas se afirma algo y a continuación se presenta su demostración (correcta)  y no hay más que hablar; en Física una determinada teoría predice un fenómeno y pueden pasar décadas hasta que se prepara el experimento que lo corroborará o lo rebatirá; en Química o Biología, se afirma haber identificado cierto mecanismo molecular o celular y si alguien lo discute, los experimentos en los que se basa la afirmación son totalmente reproducibles (o deberían) para cualquier discusión posterior… Sin embargo, en Evolución Humana y Prehistoria lo normal es que después de cada nueva propuesta “vuelen los puñales”. Por citar a un par de casos, un par de cuevas: Altamira y Ardales. Marcelino Sanz de Sautuola murió sin que la “Ciencia oficial” reconociera la autoría paleolítica de los bisontes pintados en la cueva de Santillana del Mar. Las pinturas eran demasiado buenas para que la hubieran hecho unos salvajes. Con la aceptación del arte neandertal pasa lo mismo a día de hoy. La datación de las pinturas abstractas de la cueva de Ardales en Málaga las sitúa indudablemente en el Paleolítico Medio. La investigación liderada por mis apreciados Pepe Ramos y Joao Zilhao ha necesitado de un segundo y exhaustivo análisis para responder las críticas metodólogicas de los colegas que se resisten al cambio de paradigma.

Cráneo del Homo bodoensis (Wikipedia)

En Ciencia hay que distinguir bien entre las evidencias y la interpretación que se les da. Supongamos que tenemos a nuestra disposición todos los restos fósiles encontrados hasta la fecha adscribibles a antepasados de nuestra especie y ramas afines. Añadamos que cada uno de esos restos tiene un lugar geográfico y una datación suficientemente buena. Ahora hay que proponer una historia en la que encajen todas esas evidencias: migración, evolución, hibridación… El asunto es que todos esos restos en los que nos basamos caben, sin mucho apretar, en una simple furgoneta. Y los estamos repartiendo por tres continentes a lo largo de más de dos millones años. Es más que esperable que el principio de parsimonia y la realidad no tengan relación alguna. La definición de especie para individuos extintos es sumamente complicada, y en caso de homininos mucho más porque no se encuentran individuos completos. Imaginad, tengo un trozo de arco occipital, parte de la mandíbula y medio fémur, aparentemente de un mismo individuo. Como la combinación no se parece a nada de lo encontrado anteriormente, propongo una nueva especie. Y a partir de los parecidos parciales, actualizo el árbol filogenético.

A veces se presenta al científico como alguien sin prejuicios y abierto a la discusión de las ideas, pero lo que ocurre muchas veces es que se aferra al paradigma más que un mormón a su biblia. Durante mucho tiempo se ha asumido que no había presencia humana en Europa (occidental) antes de 600 Ka, lo que cuadraba perfectamente con las dataciones más antiguas del modo Achelense que vino de África con las consideradas primeras migraciones. Las primeras evidencias retrasando la presencia humana en la Península Ibérica hasta 1 Ma o más encontraron un duro rechazo por parte de antropólogos franceses que llevaron Josep Gibert al descrédito. Cierto es que el paleontólogo catalán puso todo su empeño en la humanidad de la galleta de Orce, cuando las lascas aparecidas en estratos de cronología similar y de indudable factura humana hubieran avalado mucho mejor la antigüedad de la presencia de Homo en Europa. Recomiendo la lectura de “El hombre de Orce” escrito por el propio Gibert para conocer los detalles de su linchamiento científico. Sin embargo, el yacimiento georgiano de Dmanisi, con una antigüedad cercana a 2 Ma no ha tenido los mismos problemas para ser aceptado entre los feroces antropólogos. Seguramente, la presencia de varios cráneos completos, que el yacimiento estuviera sellado por una losa de basalto producto de una erupción posterior y que la datación de la roca volcánica pueda hacerse de manera precisa por isótopos elimina cualquier sombra de duda.

Libro de lectura imprescindible para entender como vuelan los puñales…

Asumida que la antigüedad de las primeras presencias humanas en Iberia se remonta a más de 1 Ma (son varios yacimientos desde Granada a Burgos) siguen quedando algunos interrogantes, por no decir misterios, sin resolver. En Prehistoria, al igual que en la actualidad, se asume que cuando aparece una innovación tecnológica ya no se abandona hasta que llega otra mejor. El bifaz (llamar hacha de mano a la navaja suiza de la prehistoria me produce sarpullidos), la pieza más representativa del modo Achelense, es indudablemente superior como instrumento polivalente a los cantos tallados del Modo 1. También se asume que ciertos diseños en la industria lítica no aparecen por azar: es más plausible que la técnica de elaboración de los bifaces encontrados en Europa haya llegado de África con las migraciones humanas, que no que haya sido descubierta de manera independiente. Aquí empiezan los problemas. Los bifaces más antiguos en África se datan en más de 2 Ma. El grupo de Dmanisi llevaba bifaces, lo que es perfectamente coherente con la doctrina de la propagación de la tecnología. Sin embargo, las dataciones de bifaces en España no se había ni acercado a 1 Ma. Siempre bromeo diciendo que los primeros humanos que llegaron a Iberia debían ser los más torpes entre los que migraron de África: los demás sabían hacer bifaces y aquí sólo partir cantos rodados. Hace unos años se publicó una datación del bifaz de Cueva Negra de Caravaca remontándolo a 900 Ka. Lamentablemente, quien conozca el relleno de barro endurecido (tormo, en murciano) de Cueva Negra nunca podrá considerar fiable dicha antigüedad. Más aún, si se añade que, salvo la pieza en dolomía, el resto de la industria es típicamente Musteriense.

Bifaz tosco del tipo llamado «pico» en el yacimiento de La Boella (foto del IPHES)

Por fortuna, la antigüedad de los bifaces ibéricos ahora ronda, si no supera, 1 Ma, gracias a un yacimiento en la provincia de Tarragona. En el Barranco de La Boella un equipo codirigido por mi querido Pep Vallverdú ha encontrado numerosos bifaces asociados asociados a restos de mamut, en lo que parece que fue una buena comilona de los primos de nuestros antepasados. Es bastante improbable que los homínidos de La Boella acompañaran al mamut con vino del Priorat, al menos, mientras la Arqueología no pruebe lo contrario. Yo que sí puedo, brindo hoy por el descubrimiento de los bifaces perdidos, que no por los puñales volando. Salut Pep!

Pep Vallverdú y Eudald Carbonell, en medio.

Editado 17/12/2021. Admito que me he referido como bifaces a algunas piezas de Dmanisi basándome en unas pocas fotos. Los investigadores las adscriben al Modo 1, pero después de ver el artículo creo que, de haber usado los homínidos un material de más calidad, habrían producido un tosco bifaz. Como dicen por estas tierras «ni pa’ ti ni pa’ mí», lo dejamos en Modo 1,5 😉