Desde los casi cuatro año que lleva funcionando este blog, el coleccionismo de minerales ha estado siempre presente, ya sea porque muchas entradas tratan de visitas a yacimientos para conseguir ejemplares, ya sea abordando el tema del coleccionismo per se como hemos hecho en Lo que me cuenta una wolframita de Córdoba, Coleccionismo de «piedras» y Turismo mineralógico. Precisamente, en ese último post abordé brevemente los tipos de colecciones de minerales que existen, ya que coleccionar minerales no es simplemente reunir minerales. Como el tema da bastante de sí, lo trataremos aquí con algo más de detalle.

Partiré del hecho de que el coleccionismo de minerales es una actividad practicada por muchas personas sin entrar en los motivos. Realmente, el coleccionismo es más bien una actitud, una manera de entender o relacionarse con los objetos… lo que se dice un tema complicado. Por eso me centraré más en cómo se ejerce el coleccionismo de minerales y su resultado, es decir, los tipos de colecciones a los que da lugar. Partiendo también de cierto conocimiento de los minerales, omitiré la definición precisa de algunas de las características que se valoran en un espécimen de colección.
Leyendo a Jean-Claude Boulliard
En el libro «Les minéraux. Sciences et collections» (CNRS, Paris, 2016) su autor, Jean-Claude Boulliard, director de la Colección de Minerales de la Sorbonne (París), dedica una buena cantidad de páginas a reflexionar sobre las colecciones de minerales. Tras repasar la historia del coleccionismo de minerales, se ocupa de los criterios de los museos a la hora de configurar las colecciones, que no están exentos de verse influenciados por las modas. Afirma, por ejemplo, que la exposición de ejemplares espectaculares en los museos va en detrimento de su valor didáctico, ya que estos no sirven de modelo para reconocer los minerales cotidianos. Las modas pueden tener efectos peores incluso. Durante el último cuarto del siglo XX se acuñó la idea de que las colecciones (públicas) de minerales eran reliquias del pasado costosas de mantener, provocando la desaparición de muchas de ellas. Añado, a título personal, el daño causado por la moda de convertir los museos en «centros de interpretación», llenos de paneles interactivos con lucecitas de colores, a costa de trasladar el grueso de las colecciones al almacén. Siempre quedará en mi memoria cierto periodo funesto del Museo Nacional de Ciencias Naturales, al parecer ya superado. Cuando voy a un museo lo hago para ver cosas, preferiblemente muchas. Leer siempre puedo hacerlo en casa.

Por supuesto, Boulliard trata también el coleccionismo privado. Partiendo de que se colecciona para «darse gusto uno mismo», plantea la paradoja de que, si bien todo el mundo colecciona lo mismo en un momento dado, todo el mundo quiere que su colección sea especial. Expliquemos un poco esto. En una buena parte de las colecciones, la pirita estará representada por un ejemplar de Navajún, el cobre nativo vendrá de Míchigan y la crocoíta de Tasmania. Esto no es un demérito, puesto que las tres localidades producen ejemplares excepcionales, pero serán muy similares de una colección a otra, salvo por el tamaño de las piezas y, quizás, algún rasgo apreciable por especialistas. Boulliard también discute lo que es un ejemplar de colección y los aspectos a valorar, separando los criterios objetivos (perfección, brillo, estética general) de los subjetivos, que son aquellos que se traducen en la configuración de la colección. Hablaremos en las próximas secciones de los tipos de colecciones, si bien en la práctica, un coleccionista no suele limitarse a una única categoría.

Las modas también afectan a las colecciones privadas. Por ejemplo, actualmente hay un manifiesto desprecio hacia los cristales aislados, incluso tratándose de cristales euhédricos que se han desarrollado de manera flotante. El canon estético actual exige que estos cristales estén insertos en una matriz de la roca en la que se han formado. Ciertamente, ese tipo de piezas aporta más información científica, además de una indiscutible estética «brutalista», pero no siempre es posible o procedente. Un cubo de pirita de quince centímetros de arista tiene entidad suficiente para no necesitar estar parcialmente embutido en una matriz, que impediría contemplar toda su perfección. Precisamente el libro de Boulliard muestra una foto de un descomunal cristal de tetraedrita, con pátina de alteración y sin matriz, ni falta que hace. Peor aún es para la norma estética imperante la ausencia de cristales. Muchas colecciones dejan de lado los minerales masivos, a pesar de que para algunas especies es la única opción o que importantes localidades mineras sólo producen este tipo de piezas. En el nombre de la didáctica, un museo que se precie no debe permitirse tales ausencias. Cierto tipo de colecciones, tampoco.
La colección sistemática
El objeto del coleccionista sistemático es acumular el mayor número de especies minerales, o por lo menos, las más representativas. Es también, por lo general, la manera en la que se accede al coleccionismo de minerales y por este motivo, es habitual que todo coleccionista conserve sus ejemplares de «sistemática» a pesar de su evolución posterior a otro tipo de colección. Los ejemplares suelen tener un rango de tamaños estandarizado que depende de la manera en la que se conserve la colección (vitrina, cajones). Rara vez la colección se acercará a los algo más de 5000 especies minerales que hay clasificadas hasta ahora. Por ello, lo más razonable es usar como directriz los minerales más frecuentes que suelen tratar los libros de mineralogía (unos pocos cientos).

Una de las situaciones a las que se enfrenta el coleccionista de sistemática es el de que una misma especie mineral puede estar representada por múltiples ejemplares. En efecto, los cambios de hábito cristalino, color o agrupamiento hacen que dos piezas de minerales tales como el cuarzo, la calcita o la barita, puedan ser muy diferentes entre sí. Recuerdo haber visto una colección privada en la que una de las vitrinas contenía únicamente ejemplares de barita de minas de la Región de Murcia. Sin llegar a estos extremos, no olvidemos que se colecciona por mero placer, así que la repetición de minerales con diferentes estéticas no es realmente un problema.

La colección de micros
El coleccionista ambicioso de sistemática entiende que (1) la mayor parte de los minerales descubiertos sólo existen en pequeñas cantidades y las muestras son necesariamente diminutas (2) es difícil o, equivalentemente, caro que los cristales de muchos minerales sean simultáneamente grandes y perfectos (3) y, finalmente, que las piedras ocupan mucho sitio. La solución simultánea a estos tres problemas es la colección de micros (thumbnails o micromounts, en inglés). Todas las muestras están miniaturizadas y contenidas en cajitas etiquetadas de tamaño estándar. Si no se tiene una vista excepcional, la única manera de contemplar y disfrutar de los ejemplares es con una lupa, preferiblemente binocular, o un microscopio digital.

En general, los aficionados a los minerales micro disponen de sistemas de fotografía muy avanzados para poder mostrar sus piezas a otros colegas. Una foto con un campo de dos milímetros puede requerir de varias decenas de fotos con diferente profundidad de campo fusionadas con un software específico. Siendo todo esto espectacular, una reunión de coleccionistas de micros es uno de los acontecimientos más aburridos en el mundo de los minerales, si no se está mirando a través de una lupa «manchas de colorines o cosicas en bujeros» 🙂 Pido disculpas por el chiste a mis muchos amigos especialistas en micros, todos ellos además grandes fotógrafos de minerales.

La colección-inversión
En ocasiones, una pequeña geoda (en términos mineros) proporciona ejemplares de calidad excepcional de un determinado mineral. Las piezas que salen a la venta son como una edición limitada y, posiblemente, irrepetible. Los precios que alcanzan en el comercio pueden parecer exorbitados, pero una vez que estén todos vendidos, su valor aumentará todavía más, salvo que aparezca otra inoportuna geoda mejor. El coleccionista que adquiere estas piezas sabe que está realizando una inversión con la que en un momento dado, si así lo desea, podría recuperar su dinero con pingües beneficios. Una colección completa de ejemplares excepcionales puede tasarse por encima de la suma del valor de sus partes, ya que está ahorrando al comprador muchos años de penosa búsqueda.

Pasa algo parecido con las colecciones de gemas en bruto (talladas y engarzadas es un asunto al margen de la mineralogía). Un aguamarina bien cristalizada y de transparencia impecable vale más en bruto que lo que alcanzaría descuartizada en joyería, ya que en lugar de sumar el trabajo de talla, hay que valorar que la mayor parte de las piedras que van al tallador o lapidario no están en condiciones de ser ejemplares de colección. El verdadero lujo es que una piedra preciosa sea en sí misma una joya sin necesidad de manipulación humana.

Un notable coleccionista de gemas en bruto es Paco Saura, que produjo unos documentales muy interesantes sobre el tema (hace años los vi en VHS, no sé si estarán disponibles en otro formato). Tuve la oportunidad de conocer a Paco Saura en persona y conservo un recuerdo material y rosa de aquel encuentro.

Los ejemplares clásicos o con pedigree
Hace un par de siglos, cuando la minería era casi exclusivamente subterránea, los ingenieros seleccionaban piezas de mineral directamente de los filones. Minerales de una calidad excepcional y, en ocasiones, de tamaño considerable alimentaban las colecciones públicas y privadas. Una vez agotados los filones más ricos y con la evolución de la tecnología minera que permitió explotar menas de ley baja, cambió el aspecto de los minerales. En lugar de una masa de casiterita cristalizada de varios kilos tendremos una macla «pico de estaño» en matriz de pegmatita. Es posible que la tendencia estética del mineral en su roca matriz que mencionamos al principio sea pura consecuencia de la necesidad. Estos minerales procedentes de otros tiempos, a los que nos referiremos como clásicos o históricos, aparecen de vez en cuando en anticuarios, desembalajes y desvanes. Su estética, al estilo de los gabinetes de curiosidades del siglo XVII, difiere de la de hoy día… pero es que tales ejemplares sencillamente son imposibles hoy día. Mi buen amigo Manuel Morales se ha especializado en los ejemplares clásicos, preferiblemente españoles y particularmente de ámbito local.

Algo parecido, es la adquisición de ejemplares con pedigree, lo que no excluye ser a la vez piezas clásicas. Consiste en ejemplares que han pertenecido a colecciones anteriores, famosas o con propietarios de prestigio. Cuando un mineralogista fallece y la familia no desea continuar con la colección, el ofrecerla a un museo o estamento público no suele llevar a un resultado satisfactorio (hablamos de nuestra querida España). Con suerte, los mejores ejemplares salen al mercado. También hay historias exentas de dramatismo. Los gestores de la que fue una de las mejores colecciones privadas del mundo, la colección Folch, pusieron en circulación «duplicados» de los minerales (ejemplares repetidos de los especímenes que no se muestran al público) como forma de financiación y de hacer sitio.
La demarcación geográfica
Sin necesidad de ser un nacionalista recalcitrante, un coleccionista puede autoimponerse el reunir minerales procedentes de un único país, región, comarca, municipio o coto minero. En el propio Museo Geominero del IGME existen unas vitrinas que reúnen minerales por comunidades autónomas. Muchos de mis amigos coleccionistas distinguen las piezas de Sierra Minera (La Unión y Cartagena) de las de otras localidades para mostrar la abundante diversidad mineralógica de esta comarca minera y singularidad geológica donde las haya. Por otra parte, la limitación territorial puede esquivar los terrenos más favorables para minerales, algo así como hacer de la necesidad virtud, lo que obliga a ser más cuidadoso con la observación del terreno. Y en ocasiones, esto lleva su premio, como puede ser el descubrimiento de nuevos yacimientos. Esto lo he vivido en persona, y así lo cuento en mi artículo Los minerales del Valle de Ricote que tiene una continuación en forma de post.

Las colecciones de minerales de una comarca determinada enriquecen el conocimiento de la misma y, eventualmente, pueden ser el germen de un museo. La investigación del patrimonio mineralógico, minero y/o geológico locales conduce a veces a la publicación de monografías que proporcionan información muy valiosa al tipo de aficionado del que hablaremos en el siguiente apartado. Antes de la divulgación masiva de yacimientos en redes sociales con coordenadas GPS, este tipo de libros era la única guía para encontrar los minerales. Recuerdo, con cierta nostalgia, mis primeros viajes en los años 90 con el libro «Introducción a los Minerales de España» de Galán y Mirete sobre el asiento del copiloto en mi Renault Clio, ver mi post Donde te lleven las piedras.

La auto-colección
Un criterio muy válido para iniciar una colección de minerales es el de usar ejemplares obtenidos por uno mismo en el campo. Si los recursos para viajar son limitados esto conduce casi siempre a colecciones con demarcación geográfica. Boulliard advierte también de la limitada calidad de estas colecciones, pero la realidad es que cualquier aficionado puede entrar en contacto con otros coleccionistas que disponen de la experiencia y los medios técnicos para obtener buenos ejemplares. Como un auto-coleccionista no tiene acceso a una gran diversidad de especies minerales (es bueno conocer las limitaciones) lo que suele hacer es admitir ejemplares conseguidos mediante trueque de otros auto-coleccionistas. Esto funciona de manera bastante eficaz en las mesas de intercambio o en el aparcamiento de la Feria de Minerales de La Unión (la verdadera «feria» es la de los maleteros). El uso de dinero se evita más por pundonor que por racanería.

El acto de recoger minerales es bueno en sí mismo… copio a continuación el texto que escribí en Turismo mineralógico. La recogida de minerales, en la medida que es una práctica minoritaria, que se obtienen de lugares muy degradados por la explotación minera abandonada o arrancados por la erosión, se puede considerar sostenible. Algunos opinan que es beneficiosa incluso. Ver por ejemplo el artículo de S. Moreton en mindat.org del que seleccionamos algunos de los encabezados de las razones que proporciona para la recolección de minerales:
- Entretenimiento para todas las edades y habilidades
- Es educativo
- Los minerales son bellos
- Los minerales son parte de nuestra herencia natural
- Los coleccionistas hacen descubrimientos y contribuyen a la ciencia
- Sin recolectores los museos estarían vacíos
- Los minerales no recogidos están sentenciados
- …
Añadiría, para acabar esta sección, que la recolección de minerales permite estar en contacto con la naturaleza y realizar ejercicio físico más o menos intenso dependiendo de como se desarrolle la búsqueda.
Mi colección
Al comienzo de Galería de Minerales me defino como auto-coleccionista que no recurre al trueque: «La mayor parte de las piezas las he recogido yo mismo en el yacimiento (digamos, más del 95%). La colección no contiene ejemplares comerciales o de intercambio. Los minerales regalados puedo aceptarlos en determinadas circunstancias, siendo una fundamental el visitar el lugar donde salió la pieza.» En cualquier caso, recogido o no por mí, lo más importante es que el mineral debe contar una historia. Cada una de las piezas de mi vitrina me recuerda un instante determinado de mi vida y no siempre es el momento en el que aparece el mineral. Se puede decir que éste es el tema principal que vertebra mi colección. En cuanto a caracteres secundarios, la estética de mis piezas es bastante personal ya que no crecí, como coleccionista, influenciado por los ejemplares disponibles en el mercado, sino por las descripciones de los libros. Por este motivo tengo muchos minerales masivos, y me gustan particularmente las menas metálicas.

El resultado al final es un batiburrillo con una mayoría de piezas mediocres. No obstante, puedo destacar algunas peculiaridades de mi colección. En primer lugar, practico el «coleccionismo de kilómetro cero», es decir conseguir minerales del entorno más próximo a mi casa. Habría que aclarar qué significa «próximo» y qué significa «casa». Por casa entiendo los lugares a los que estoy vinculado sentimentalmente: Valle de Ricote, El Cañarico, Mazarrón… y actualmente Molina de Segura. Por próximo entiendo la menor distancia a la que empiezan a aparecer cosas 🙂 Esto tiene algo de reto por distintos motivos. En ocasiones porque el terreno es a priori poco propicio o bien porque la minería cesó hace mucho tiempo dejando un erial (Mazarrón). Por supuesto, también viajo en busca de minerales a yacimientos más o menos lejanos como relato en mi post Donde te lleven las piedras y no pierdo ocasión de mirar al suelo.

El buscar minerales en lugares improbables, donde nadie suele hacerlo, conduce de manera natural a la segunda peculiaridad a destacar de mi colección: «la anomalía». Me encanta reunir minerales con localidades totalmente inesperadas: fluorita de Ulea, barita de Mula, magnetita de Archena, piromorfita de Águilas… También hay minerales de yacimientos conocidos a los que el tiempo que he dedicado, principalmente horas bajo el sol, me ha permitido conseguir ejemplares notables: granates de Cehegín, piritas de Ricote, silicatos de Mazarrón y Tallante… posiblemente, «la anomalía» que se manifiesta en una parte de mis piezas es lo que, creo, me hace conocido en los círculos de coleccionistas de la Región de Murcia.

¿Está el coleccionismo de minerales en peligro?
Supongo que he sorprendido al lector con el título de mi última sección. Ésta es una pregunta que se puede plantear, y responder, en varios niveles. Con muchos de mis colegas coleccionistas hemos hablado a veces de la desaparición de «la clase media» en el mercado de minerales. Se nota particularmente en las ferias el abismo que hay entre los precios de los minerales básicos de sistemática (normalmente en cajitas y por menos de 5 ó 10 euros) y las piezas de colección serias (cuyos precios empiezan en tres cifras) normalmente procedentes de yacimientos internacionales (las piezas españolas caras suelen ser ejemplares clásicos recolectados hace décadas). Es como si toda pieza que no es mineral masivo o abiertamente deficiente se considerara un mineral de inversión. Aunque no participo directamente en el comercio, los minerales de clase media permiten mantener en funcionamiento e investigación los yacimientos españoles.

Más preocupante es la amenaza que pesa sobre la recolección de minerales. La ley de Patrimonio Histórico Español asimila los fósiles, incluidos los restos de moluscos cuyas conchas levantan montañas enteras (la ley no distingue entre una terebrátula y el fémur de un dinosaurio), con el Acueducto de Segovia y otros monumentos singulares e irrepetibles. Este disparate legislativo, toda una anomalía respecto a países de nuestro entorno, es defendido por un puñado de personas que niega o desprecia el papel de los aficionados en el descubrimiento, recuperación y conservación de piezas de interés geológico. Pero lo cierto es que la Ley de Patrimonio Histórico ha contribuido más a la destrucción que a la defensa de su objeto, ya que los propietarios de terrenos con un yacimiento arqueológico lo ven como una maldición y colecciones enteras de fósiles han terminado en la basura por miedo a una sanción.

Los talibanes de la defensa del Patrimonio Geológico quieren hacer extensiva a los minerales la prohibición que pesa sobre los fósiles. Demencial. Si lo de los fósiles es ya absurdo puesto que conforman rocas y montañas, los minerales son extraídos como materia prima para la industria. Por lo visto, salvar un mineral de la machacadora para exponerlo en tu casa debe ser tan grave como robar un busto de mármol de Pompeya. Esta prohibición de recolectar minerales se aplicaría también a minas o canteras abandonadas, lugares ya degradados que nuestros gobernantes imbuidos de ecologismo soterrarían bajo mantillo vegetal sin dudarlo. Dejar un mineral pudriéndose bajo raíces está bien, pero tenerlo a cubierto bajo techo es delito. Se pueden dar muchos más argumentos para ganar una batalla dialéctica contra los enemigos de la recolección de minerales y por ello recomendamos la lectura completa del artículo de Moreton mencionado más arriba.

Aquí defiendo la recolección de minerales como ejercicio lúdico, dado que la que se hace con fines económicos, minerales para industria o colecciones, ya tiene su ámbito regulatorio y fiscal. Para que siga siendo posible la actividad del coleccionista recolector de minerales es importante que la administración no sólo oiga a sus detractores, sino también a los interesados. En este sentido, las asociaciones de coleccionistas juegan un papel fundamental. Quiero destacar en particular a la Sociedad Murciana de Mineralogía (SMM) y a la Asociación de Mineralogistas de La Unión y Cartagena (MINUCA) de ámbito en la Región de Murcia. Para que nuestros queridos lectores comprueben que los enemigos del coleccionismo de minerales van muy en serio, les recomiendo que lean este texto en la web de la SMM relatando lo cerca que estuvimos de perder la libertad para ejercer una actividad tan bonita, científica y sana como es la recolección de minerales.






























































































































































































































































































