
Tenemos tendencia a pensar que el equilibrio es un rasgo esencial de la Naturaleza. Seguramente porque todo lo que podemos observar consiste en una superposición de ciclos, que son leves cambios periódicos para que nada realmente cambie, como la celebre frase de Il Gattopardo. En primer lugar, el día y la noche. Podríamos seguir con la sucesión de las estaciones a lo largo del año, las mareas, el ciclo del agua, etc. Y finalmente, el de cada especie con su ciclo vital: nacimiento, crecimiento, reproducción y muerte. Además, que el ciclo vital sea realmente un ciclo y no una espiral, depende de la interacción mutua entre especies: los conejos se alimentan de especies vegetales para prosperar, pero el zorro los mantiene a raya… y así ad eternum, o hasta que llegó el ser humano a ponerlo todo patas arriba ¿no? Bueno, todo esto que he contado es falso, al menos en la escala geológica. Cuando se profundiza en la historia de la vida sobre el planeta, no hay nada cíclico salvo la sucesión del día y la noche. Y lo único que se puede decir con certeza es que, a pesar de todo, la vida se abre camino.
Los ciclos no son eternos
Para comprobar esta afirmación basta remontarse hacia atrás, como con el manido chascarrillo de ¿qué fue antes, el huevo o la gallina? Pensemos en el ciclo de las estaciones (desde nuestra zona templada). Todo el mundo sabe que tiene que ver con la cantidad de radiación solar recibida, que varía a lo largo del año con el ángulo de incidencia de los rayos y este efecto es modulado por la latitud. Sin embargo, el clima de depende de otros factores que no han sido constantes a lo largo del tiempo. Por ejemplo, que el clima invernal en la mayor parte de Europa no sea más frío depende mayormente de la Corriente del Golfo que, como su nombre indica, a su vez depende de la disposición actual de los continentes. Si viajamos atrás en el tiempo descubriremos que las cosas pueden ser muy diferentes. En los comienzos del planeta, una larga glaciación global tuvo congelada la superficie de la tierra decenas de millones de años y la vida (en formas aún muy elementales) quedó confinada en el mar, bajo el hielo. A finales de la era paleozoica, todas las tierras emergidas se reunieron en un único supercontinente (Pangea) en el que reinó el clima desértico al principio. La arena roja de aquel gigantesco desierto se puede ver desde los Pinares de Rodeno en Albarracín al Cañón del Colorado, o en Canara (Cehegín) sin ir más lejos.

Y si el clima cambia, los ecosistemas ligados a él también deben hacerlo. En mi post Minerales de Espinardo he dado alguna idea sobre lo mucho que ha cambiado el paisaje y la fauna en un intervalo de, apenas, diez millones de años, por lo que no insistiré más en la escala geológica. Pero los cambios en el clima son también apreciables en la escala humana, hasta tal punto que dejan en entredicho el mismo significado de la palabra «clima» como denominador común de la meteorología de una región. Sin necesidad de irse hasta las glaciaciones cuaternarias, en tiempos históricos han quedado documentadas importantes fluctuaciones del clima. Es indiscutible que actualmente atravesamos un proceso de cambio climático, ya sea por la mera razón de que está en la propia naturaleza de la Tierra. Otra cuestión es discutir si el cambio ocurre en un sentido u otro, acelerado por causa humana o no… A pesar de su importancia, estas cuestiones son tangenciales al tema que nos ocupa y el lector interesado podrá encontrar abundante información (muy distinto es pedir que sea objetiva) en internet 😕
El equilibrio es apariencia
Con bastante frecuencia nos encontramos noticias del tipo «un estudio reciente advierte de la situación crítica (o inminente colapso)» de tal o cual reserva natural o ecosistema. Dejando de lado algunas situaciones con causas evidentes y responsables enjuiciables, lo que en verdad revela este tipo de noticias es que los ecosistemas, en general, están lejos de ser estables, entendiendo por estabilidad ser poco sensible a perturbaciones (climáticas excluidas). No obstante, la idea de estabilidad no sólo está arraigada en el imaginario sino también en el pensamiento científico tradicional, hasta tal punto que un modelo teórico no será validado si no predice un posible equilibrio. Ante la dificultad de analizar un ecosistema, se hacen modelos para describir una pequeña parte del mismo, por ejemplo la interacción de dos especies. El llamado modelo depredador-presa, cuya primera formulación se debe a Lotka y Volterra, que lo propusieron (independientemente) hacia 1925. Este modelo, en su versión original y en posteriores modificaciones, propone una fluctuación periódica del número de individuos, por ejemplo zorros y conejos. Curiosamente, los modelos para una sola especie (en ausencia de depredadores y alimento ilimitado) prevén un crecimiento exponencial: «conejos», Fibonacci (1202); «cerdos», Vauban (1695); «humanos», Malthus (1798); por citar algunos.

Es cierto que muchos sistemas físicos tienden a la estabilidad, expresada ésta como un mínimo energético. Pero la vida, que recibe su energía directa e indirectamente del sol, está gobernada por la inestabilidad. Esto puede resultar paradójico, porque tendemos a pensar que el hecho de que un ecosistema cada elemento juegue su papel es algo que se ha conseguido con tiempo y ajuste, tal como describen, en pequeña escala, los modelos tipo Lotka-Volterra. Sin embargo, si los escenarios en los que transcurre la vida fueran estables, simplemente no hubiera sido posible la evolución de las especies. El gran árbol de la vida puede verse como una diversificación de adaptaciones sumamente especializadas surgidas para dar respuesta a cambios ambientales. Sobrevive el que se adapta, así que se puede decir que la contemplación de las especies en un momento dado es como ver el medallero olímpico, los campeones en cada categoría de su año. ¿En qué fallan los modelos matemáticos? Un modelo, necesariamente, es una idealización de la realidad, a costa de analizar una pequeña parte y simplificar las relaciones entre sus componentes. Por ejemplo, un modelo como el anterior, basado en ecuaciones diferenciales ordinarias, obvia que las especies se ubican o mueven en un territorio.

La dinámica de los sistemas complejos requiere de otro tipo de modelización matemática. Por ejemplo, partiendo desde una Física newtoniana completamente determinista y reversible, al aumentar indiscriminadamente el número de variables, se llega a la Mecánica Estadística y a la Termodinámica, caracterizadas por la irreversibilidad de los procesos que describen. Es decir, la complejidad no es simplemente un avance cuantitativo, sino un gran salto cualitativo. En los sistemas complejos no funcionan las aproximaciones lineales y tratar de hacer estadística a partir de datos experimentales se puede calificar, como poco, de discutible. Sin embargo, una buena parte de lo que se publica hoy día como «ciencia» consiste exactamente en análisis estadísticos sobre procesos cuya complejidad nos desborda.
Colonización y extinción
De nada serviría la maquinaria de la Evolución si cuando aparecen individuos con algún nuevo rasgo no encontraran el lugar adecuado donde sacarle partido. Así las especies se expanden por el mundo buscando su nicho, como quien busca un puesto de trabajo acorde a su cualificación. En ocasiones en nicho está vacío y la nueva especie se instala sin mayor problema. Pero también puede ocurrir que el nicho ya esté ocupado, por lo que la nueva especie tendrá que competir con la ya residente. Las Matemáticas predicen que a la larga sólo quedará una especie (leyes tipo «0 – 1»), pero no siempre la misma ya que pequeñas variaciones del ecosistema pueden favorecer a una u a otra indistintamente. Este principio está presente detrás de la mayor parte de las extinciones no «catastróficas» (como la que podría provocar un meteorito), pero también detrás de la extraordinaria biodiversidad que disfrutamos. Todas las especies buscan un lugar mejor para estar, por lo que vistas en la escala temporal todas son, en el fondo, forasteras.

Me pongo muy nervioso, por lo general, cuando se utiliza el término «especie invasora», referido a una especie animal o vegetal introducida, donde no existía antes, de manera deliberada o inconsciente por el ser humano. Yo no veo mucha diferencia en que una especie viaje de un lugar a otro en un tronco flotante, el excremento de un pájaro o el equipaje de un turista. La diferencia sólo existe en la opinión humana, motivada ésta por aspectos prácticos o sentimentales. Al final, es simplemente xenofobia. Por ejemplo, se habla mucho de la amenaza que constituye el cangrejo de río americano para la especie autóctona española. Sin embargo, la llamada especie «autóctona» parece ser una introducción hecha en el siglo XVI. Debo de ser raro porque me gusta el bullicio de las cotorras de Kramer en los bulevares de palmeras o washingtonias, como en Cartagena. Será que los sonidos tropicales no desentonan en absoluto con nuestras temperaturas. Por otra parte, no me gusta el mosquito tigre. Viene de un lugar donde no hay estaciones y aquí se comporta como tal, atacando durante todo el año y a todas horas.
Cuando éramos parte del ecosistema
Creo que uno de los colectivos más peligrosos para la Naturaleza es el de los ecologistas — ojo, utilizo este término en un sentido radical (o woke, si admitimos el anglicismo) que excluye a mis amigos 🙂 –. No confundir con los ecólogos, aunque la intersección entre ambos grupos pueda incluir un buen número de individuos. Estos últimos son científicos dedicados a estudiar los ecosistemas. Los ecologistas toman como dogma de fe una versión parcial y simplificada de la Ecología, aderezada en estos últimos tiempos con doctrina animalista y santería de la pachamama. Cuando un ecologista alcanza una posición de poder político, sus decisiones no son informadas científicamente, sino que se basan en su sistema de creencias, es decir, no admitirá otras opiniones ni debate alguno. Siempre he dicho que me dan miedo las teocracias y en muchos aspectos, que no entraré a discutir ahora, vivimos en una. Por marcar mi posición, sólo señalaré que yo sitúo estos dos titulares en un mismo plano: «dotar de personalidad jurídica a una charca» y «nombrar a la Virgen alcaldesa perpetua del pueblo», pero sólo la segunda me parece inofensiva.

No niego el daño infringido a la Naturaleza por la actividad humana, especialmente desde la Revolución Industrial. Pero es incorrecto sacar al ser humano de la ecuación del ecosistema, que es lo que suelen hacer los ecologistas en sus propuestas de restaurar un improbable Edén. Es materialmente imposible reconstruir y mantener ecosistemas prehumanos hoy día en Europa. Simplemente no existen los elementos necesarios porque hemos acabado con ellos, por ejemplo, los grandes mamíferos plio/pleistocenos considerados «constructores de paisaje». Los bosques que conocemos y por los que nos gusta pasear son el producto de la interacción del ser humano con la Naturaleza a lo largo de los siglos. Comenzar a actuar ahora como si fuésemos ajenos a ellos es suprimir una de las fuerzas que contribuye a delicado equilibrio, aunque en realidad aparente… más o menos como un jardín que se deja de cuidar. Esto no es sólo una metáfora. Sin ir más lejos, los llamados expertos reaccionan con elaboradas explicaciones a favor del llamado «monte sucio», una de las pretendidas causas, si no de los incendios forestales, al menos de su gravedad. Los agentes forestales y los bomberos tienen también opiniones sobre el tema, pero ellos no son expertos, naturalmente.

Ya tengo bastante con señalar errores y crearme nuevos enemigos, así que no intentaré proponer soluciones a problemas que requieren una larga reflexión. Sin embargo, sí que puedo decir una obviedad: podemos recuperar ecosistemas preindustriales, aunque sea a pequeña escala. Lo único que se requiere es que el ser humano ocupe en ellos el rol que le corresponde, con su mera actividad preindustrial: agricultura no intensiva, ganadería trashumante, caza como alimento, leñadores y carboneros… Pero tampoco podemos volver a la Edad Media, así que la opción más aceptable sería permitir y fomentar las actividades tradicionales en los campos y los montes, en lugar de prohibirlas desde el ecologismo de salón a golpe de decreto-ley. Un último ejemplo de cómo los cambios hechos desde una supuesta «sostenibilidad» provocan daños. Nuestros ilustres gobernantes decidieron un día que había que entubar las acequias de la huerta de Murcia para reducir el «gasto» de agua. Poco después comenzaron a morir moreras y otros árboles que no recibían riego directo, como los pinos centenarios de Churra.
Epílogo
He estado escribiendo este post de manera discontinua a lo largo de un tiempo que se me ha hecho largo. Creo recordar que originalmente tenía una idea clara de la estructura que le daría, siendo la foto inicial un ingrediente fundamental. Se trata de una recogida de muestras en la charca ácida de la corta Brunita (La Unión) que hice a petición de un microbiológo de la Universidad de Murcia para estudiar los organismos microscópicos que viven en tales condiciones de pH. Lo sorprendente es que realmente hay mucha vida en esa agua, que los ecologistas quieren secar y «renaturalizar». Existen peores ambientes. Se encuentra vida en las mismísimas fumarolas sulfurosas submarinas, similares a las que dieron origen a las minas de Rio Tinto. Se ha descubierto bacterias que viven de la degradación del plástico, incluso. Obstinadamente, la vida se abre camino. Y esa es mi esperanza, ante los cambios que se avecinan tras el aparente equilibrio, ante el deterioro de los ecosistemas tal como los conocemos y, sobre todo, ante los daños causados por las soluciones mesiánicas de los que nos gobiernan.





















































































































































































































































































































































































































































